Entre el golpismo de Trump y el polvorín de Medio Oriente

Escribe Norberto Malaj

Tiempo de lectura: 4 minutos

“Los frenéticos tuits de Trump después de que se conociera la noticia del asesinato del principal científico nuclear iraní dejan en claro que su administración dio su bendición al ataque de Teherán atribuido a Israel” - Noa Landau (Haaretz, 28/11). Lo cual prueba que el atentado sionista fue ejecutado en acuerdo con la administración Trump y el príncipe heredero saudita -como denunciamos desde un principio- y apuntó a determinar y/o forzar la política del nuevo gobierno yanqui. De ahí que tras el atentado “Arabia Saudita se apresuró a negar los informes de una reunión a tres bandas el domingo entre el príncipe heredero Mohammed bin Salman, el secretario de Estado estadounidense Mike Pompeo y el jefe israelí Netanyahu y del Mossad, Yossi Cohen, en la ciudad costera de Neom, o por qué la visita planeada de Netanyahu a Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos, planeada para esta semana, se pospuso abruptamente” (ídem).

Según otro periodista israelí, Anshel Pfeffer, “hay dos posibles explicaciones para el momento del asesinato de Mohsen Fakhrizadeh. Ambos están vinculados a la toma de posesión de Biden el 20 de enero, y ambos son de riesgo extremadamente alto” (ídem). La primera explicación: “Israel tuvo oportunidades en el pasado para matar a Fakhrizadeh pero se abstuvo de hacerlo, ya sea porque no tenía el respaldo estadounidense o porque no vio la necesidad de mover el barco. El régimen de Israel, como el de Teherán, no tiene claro la política de Biden en Irán y, por lo tanto, decidió aprovechar los últimos días de Trump en el poder. La segunda explicación es que Israel asesinó a Fakhrizadeh a pedido de Estados Unidos. Israel pudo haber poseído la capacidad y la inteligencia para matarlo por un tiempo, pero no estaba ansioso por hacerlo, temiendo graves repercusiones, y porque en última instancia, la muerte de un hombre, aunque fuera el ´Padre´, haría poco daño a un programa nuclear en estado avanzado. En este escenario, Israel actuó a instancias de los halcones anti-Irán en la administración Trump que están tratando de dificultar que sus sucesores se involucren en la vuelta al acuerdo Obama con ese país” (ídem).

Según Noa Landau “Trump podría pretender dejar tierra arrasada al irse. Netanyahu estaría feliz de prestarle un encendedor” (ídem). Según este análisis Trump y los halcones sionistas querrían precipitar una acción de represalia iraní frente a la seguidilla creciente de atentados sionistas contra ese país en el último año —del cual el asesinato de Fakhrizadeh ha trasvasado todos los límites— para desencadenar una ofensiva militar en regla antes de dejar la Casa Blanca el 20 de enero, de la mano de Israel, Arabia Saudita y los emiratos del Golfo Pérsico.

¿Sería esto un anzuelo de Trump y la clique que le responde en el Pentágono para compensar la oposición que ha concitado en las FF.AA. yanquis las retiradas que ordenó de efectivos militares en toda la región en los últimos dos años, desde Siria a Irak? No sólo esto. Trump precisa esconder tras sus bravuconadas su política errática en Medio Oriente que ha desconcertado a amplios sectores del imperialismo yanqui y mundial: recientemente, inició negociaciones con los talibanes en Afganistán y tras más de 10 años de guerra civil les ofrece virtualmente volver al gobierno.

Trump se jactó de ser el enemigo de las organizaciones “terroristas” entre las que destacó siempre a Al Qaeda, los talibanes, el Hezbolláh libanés y el propio gobierno iraní. Días atrás uno de los más calificados analistas internacionales de Haaretz denunció por esto que “Trump le deja a Biden un precedente: se puede negociar con los terroristas” (Zvi Bar'el, 21/11). Ahora, menos de un año después del atentado yanki en el aeropuerto de Bagdag contra el iraní Gral. Soleimani y todo su séquito —eliminados con drones y misiles— Trump transó con el gobierno irakí una retirada parcial de efectivos, tras el reclamó por unanimidad del parlamento irakí de la retirada de los 3.500 efectivos yanquis que aún permanecían allí. Trump ya comprometió la salida de mil hombres estos días.

Más recientemente, en otra voltereta, la administración Trump reconoció también que no hay posibilidad de gobierno en El Líbano sin la participación de la organización chiíta Hezbolláh, allanándose a lo que dice hace mucho la minoría cristiana maronita —la gran burguesía libanesa — en oposición a lo que reclama Macron (Francia ha sido la potencia histórica que dominó El Líbano).

¿Es como sostiene el último de los analistas citados quien tituló el día de las elecciones yanquis “al lograr lo imposible, Trump puede dejar el Medio Oriente peor de lo que lo encontró”? (Haaretz, 3/11).

Última cuestión: ¿Y Palestina? Aquí se cruzan dos cuestiones: por el lado israelí es claro que las movilizaciones anti-Netanyahu que se desenvuelven semanalmente y no decrecen hace casi 6 meses, han sido acotadas a reclamos contra la corrupción. La movilización no ha rozado nunca la defensa de los derechos del pueblo palestino (tampoco después del atentado) y esto ha provocado una escisión con la minoría palestina israelí que no tiene ninguna intervención en esas movilizaciones democráticas. A su manera los representantes parlamentarios árabes en la Knesset cerraron filas con Netanyahu.

¿Y por el lado palestino? “Hamas está de luto por la victoria de Biden, (en cambio) Abbas está celebrando” (Muhammad Shehada, Haaretz, 10/11). Bajo el plan de “paz” de Trump, de enero último, Abbas fue el gran perdedor. Los cuestionamientos a su jefatura lo obligaron a abrir negociaciones con Hamas (los islamistas gobiernan Gaza) y se habían anunciado elecciones para la “unificación” nacional. Tras las elecciones yanquis Abbas encontró la excusa para retomar la “coordinación formal” con Israel (la cual en verdad nunca cesó) y pateó el tablero de las elecciones palestinas que se habían anunciado.

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