Acerca de la última novela de Mario Vargas Llosa

Escribe Sebastián Chirino

Lo que oculta Tiempos recios

Tiempo de lectura: 4 minutos

Tiempos recios, la última novela del escritor peruano cuenta el entramado político que llevó a la caída del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954 y la posterior deriva de su golpista, el general Castillos Armas. La obra muestra de manera magistral e hipnótica los distintos móviles políticos y económicos -cambiantes a lo largo de los años- del imperialismo norteamericano en Guatemala y en la región; las operaciones de la CIA a expensas de la United Fruit, que van desde las preparaciones de golpes militares, hasta las actividades ‘diplomáticas’ abiertamente destituyentes, pasando por las clásicas operaciones de prensa, la función de la iglesia y los intereses de las dictaduras de los países vecinos, principalmente del régimen de Trujillo en República Dominicana y de Somoza de Nicaragua. Pero más allá de lo que nos muestra Vargas Llosa en esta excelente narración, es interesante ver como utiliza la obra para realizar un balance histórico que oculta mas que lo que dice.

La obra comienza con un capítulo en formato de ensayo de historia politica sobre dos personajes que, según el autor, fueron los “más influyentes en el destino de Guatemala y, en cierta forma, de toda Centroamérica en el siglo XX”: San Zemurray y Edward L. Bernays, fundador y director de la United Fruit el primero y destacado publicista el segundo, que dio un impulso revolucionario a las llamadas ‘relaciones públicas’. De alguna manera el destino de los países de Centroamérica se jugo en la mesa del directorio de la United Fruit. Las perspectivas de modernización del Estado del gobierno progresista de Jacobo Árbenz ponían en riesgo los privilegios de la principal empresa bananera del continente: posición dominante en la industria, mano de obra semi esclava, excepciones impositivas etc. Para ‘retrasar la historia’ la United Fruit desarrolla una operación de amplio espectro contra el gobierno de Guatemala. Aprovechando el marco que brindaba en esos años la Guerra Fría Árbenz es presentado, por impulsar una legislación destinada sacar a Guatemala de su estadio semi feudal, como agente de la Unión Soviética en Centroamérica. En ese contexto se desarrolla el relato, que no sigue una cronología lineal. La trama es un ida y vuelta sobre acontecimientos que quedan claros desde un principio: la caída de Árbenz y el asesinato de Castillo Armas, lo que no priva ni por un instante a la obra de un suspenso cinematográfico. La trama da vida a personajes históricos como el del embajador de Estados Unidos en Guatemala, John Peurifoy, apodado “el carnicero de Grecia” por su papel en el desarrollo de la guerra civil helénica, o el propio Catillo Armas que es presentado como un mediocre militar de carrera, que cree de forma plena en las maquinaciones elaboradas por la empresa bananera y la CIA, sobre las perspectivas comunistas del gobierno de Árbenz. En la elaboración del personaje de Jacobo Árbenz, el autor deja ver claramente su simpatía politica. Es presentado como un firme estadista con buenas intenciones y entereza moral, víctima de las obscenas ambiciones de La United Fruit, y de sus subordinados en la región. Otro de los personajes centrales es Johnny Abbes García, grotesco jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) del régimen de Trujillo. Con la incorporación de este personaje, (y el del propio Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo), sumado a la conspiración internacional en la que se desarrolla el relato, se presenta una conexión extraordinaria con otra obra gran obra del autor peruano, La Fiesta del chivo. “Miss Guatemala”, que nunca fue Miss Guatemala, Martita Borrero Lamas es otro de los grandes personajes de la obra, una joven que se transforma en la amante de Castillo Armas. Desterrada de la familia por su padre, un miembro de la elite guatemalteca, tras ser violada y embarazada por un amigo de este a los quince años, se transforma en amante e influyente consejera Castillo Armas, que tiene relaciones paralelas con los servicios de inteligencia internacionales.

El libro no deja baches entre la ficción y la historia. Tiempos recios se coloca entre las grandes obras del autor (El sueño del celta, Conversaciones en la catedral, Fa fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo) que supieron registrar de forma acabada las contradicciones históricas a las que le daba vida.

El ultimo capítulo de Tiempos recios se titula Después. Es un relato que incorpora una entrevista a una de las protagonistas, Martita borrero lamas, “Miss Guatemala”, una anciana que actualmente vive en Estados Unidos y mantiene una actividad politica ligada a la derecha continental. Pero lo más interesante del capítulo sin embargo no es la entrevista, que a partir de algunas preguntas incomodas del autor se torna de amena a tensa; sino la tesis y conclusión politica que desarrolla en las ultimas líneas. A saber, que la avanzada norteamericana en Guatemala retraso por décadas el “desarrollo natural” que debía tener la democracia en Latinoamérica, y no por los años previos y posteriores de brutal saqueo del imperialismo, sino por la reacción “antinorteamericana” que generó en las generaciones posteriores de jóvenes latinoamericanos. Pone como ejemplo la experiencia del Che Guevara, que se encontraba en Guatemala en los años del golpe de Castillo Armas, donde intentó incorporarse a las milicias populares que Árbenz nunca puso en marcha. De esta experiencia dice el autor “extrajo probablemente unas conclusiones que resultaron trágicas para Cuba: una revolución de verdad tenía que liquidar al Ejercito para consolidarse”. Plantea también que el alineamiento de la Cuba revolucionaria con la unión Soviética es producto de las conclusiones que sacan de la experiencia guatemalteca. Las conclusiones son como mínimo una burda simplificación de la historia, algo que el autor no se permite en sus ficciones, y que por lo tanto no son ingenuas. Las acciones norteamericanas en la región habrían engendrado a las experiencias revolucionarias que derivaron en “dictaduras anacrónicas” (Cuba). Plantea, de alguna manera, una teoría de los dos demonios, de un lado el imperialismo y los gobiernos dictatoriales de derecha, del otro las experiencias revolucionarias latinoamericanas, en donde la principal víctima habría sido la democracia y el progreso: “Otra hubiera podido ser la historia de Cuba si Estados Unidos aceptaba la modernización y democratización de Guatemala que intentaron Arévalo y Árbenz.” Se olvida conscientemente que la historia de Cuba y de Guatemala está trazada por los grandes negocios capitalistas (monocultivos, juego, etc.) a cuenta de la democracia norteamericana. Trafica de este modo la tesis de que el capitalismo no tendría la culpa de las malas acciones de sus agentes históricos, presentando las formas de gobiernos de los Estados, las crisis políticas y económicas, las guerras y genocidios como accidentes sin relación con del desenvolvimiento del régimen capitalista. La omisión que se permite son una defensa plena del régimen capitalista.

La excelente novela Tiempos Recios es un taparrabos del derechista.

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