Las contradicciones de los preparativos de guerra del imperialismo norteamericano

Escribe Leib Erlej

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Al momento de escribir estas líneas, las tensiones en el Estrecho de Taiwán entre la República Popular China y la República de China (conocida popularmente como “Taiwán”) han alcanzado puntos históricos y alimentado especulaciones de una guerra.

La cuestión taiwanesa está pendiente desde la Revolución de 1949, cuando el régimen nacionalista del partido Kuomintang huyó a la isla de Taiwán (llevándose consigo cuantiosa parte del Tesoro Nacional), desde donde siguió presentándose como legítimo gobierno de China, incluida la representación en la ONU. Esa situación cambió con el pacto Nixon-Mao, en 1974: la República Popular China fue reconocida globalmente como el legítimo gobierno de toda China, sin admisión de una incorporación de Taiwán. Es lo que sí ocurrió, sin embargo, con Hong Kong (bajo tutela británica) y Macao (territorio de Portugal). En Taiwán se consolidó una “grieta” entre el Kuomintang, de un lado, partidario de negociar una integración a la República Popular, y el partido independentista, el PDP, del otro. La fuerza integracionista tiene una base económica manifiesta – Foxcom, de la cadena Apple, ha invertido pesado en China, y cuenta con más de cien mil obreros directos.

Como consecuencia de los antagonismos comerciales, diplomáticos y políticos crecientes con China, Washington ha ido cambiando de línea. Sirviéndose de gobiernos aliados en la llamada Primera Cadena de Islas (compuesta por Japón, Taiwán, Filipinas e Indonesia), Washington ha acentuado su injerencia y patrullaje en el mar de China y un derecho de vigilancia en cuanto al acceso a los mares Pacífico e Índico. Como parte de esta política, EEUU alienta al gobierno taiwanés, de tendencia independentista. Ese gobierno no ha declarado la independencia, con el argumento de que ya es independiente, pero es claro que no lo hace porque sería una causa de guerra.

China no tendría dificultades militares para tomar la isla por la fuerza (Breaking Defense 7/3/19), pero el asunto no se restringe a esto. Taiwán tiene 35 millones de habitantes; una acción semejante movilizaría militarmente al mundo entero. Taiwán sigue siendo un punto de negociación de alcance estratégico, que envuelve al conjunto de relaciones EEUU-China, a la Unión Europea y a Rusia.

Esta confrontación estratégica explica la política del gobierno de Biden. Primero, desarrollar una carrera armamentística contra China y Rusia, que incluye el desarrollo de armas hipersónicas y la inteligencia artificial. En el primer campo, China y Rusia llevan una ventaja significativa (Financial Times 16/10). En cuanto al segundo, el último responsable para el desarrollo de IA militar del Pentágono ha declarado que China ya ha ganado esta carrera (Reuters 11/10). Para atender a esta competencia político-militar, la cancillería norteamericana se ha concentrado en acelerar una salida a otros numerosos conflictos internacionales, aunque con fortuna relativa, como lo muestra, por caso, la belicosidad creciente de Turquía. Tercero, arrastrar a los aliados de EEUU a una suerte de frente unificado anti-chino, aunque con un inaudito nivel de improvisación y aventurerismo, a cada paso dado.

Los enemigos

En abril pasado, con el “apoyo inquebrantable” (Reuters 2/4) de Biden, el gobierno de Kiev comenzó preparativos para tomar por la fuerza las regiones separatistas orientales apoyadas por Rusia. EEUU apuntaba a neutralizar la alianza de facto de Putin con los chinos (The National Interest 16/4). EEUU venía de fracasar en el intento de utilizar el levantamiento popular en Bielorrusia en su favor; esto llevó al gobierno de Lukashenko a posicionarse firmemente junto a Putin (Tass 1/7). Por otro lado, Ucrania no es miembro de la OTAN, de modo que llevarla a una guerra contra Rusia, habría puesto en cuestión la consistencia de la Alianza (principalmente en los casos de Francia y Alemania).

Biden hizo lo único que podía hacer: ofrecer a Putin una postergación indefinida de la integración de Ucrania a la OTAN. Con este enfoque levantó las sanciones que aún pesaban para las empresas rusas abocadas a terminar el gasoducto Nord Stream 2, para beneplácito de los alemanes y disgusto de Kiev y Varsovia. No obstante, la relación bilateral no deja de deteriorarse y al momento de escribir estas líneas Rusia ha cortado los canales de comunicación diplomáticos con la OTAN (Reuters 18/10) y hay indicios de una nueva concentración de tropas en la frontera con Ucrania (The Washington Post, 30/10).

En el Medio Oriente, la negociación con Irán acerca del desarrollo de sus capacidades nucleares sigue en un impasse. Como hemos escrito hace unos meses, Arabia Saudita rápidamente entendió el cambio de dirección del viento y la coalición que ha reemplazado a Netanyahu está atada con alambres. Por otro lado, la rápida huida de Afganistán ha socavado aún más la posición norteamericana de cara a las negociaciones con los iraníes (CNBC, 3/8), Pero, por sobre todas las cosas, ha abierto las puertas de Asia Central a China, que ha establecido con rapidez relaciones diplomáticas con el gobierno talibán (Global Times, 9/7).

Los amigos

El segundo eje de la política de Biden contra China consiste en “poner a los patitos en fila”: alinear a los aliados a la política de confrontación con el gigante asiático. Mientras que Trump declaraba agotado el sistema de alianzas que EEUU, Biden pretende encolumnarlo. Ocurre que la totalidad de ellos, de una u otra manera tienen intereses en China. Con total descaro, EEUU exige que miren más allá de ellos (War on the Rocks, 21/5). Este fue el eje de las respectivas reuniones de la OTAN y el G7 de hace poco más de un mes (DW News 14/6). El nuevo documento estratégico de la OTAN, por primera vez identifica a China como un ´desafío sistémico al orden global´ (DW News, 15/6).

La utilidad militar de la OTAN, tal y como está integrada, para una guerra a librar en el ´patio trasero de China´, es bastante cuestionable. La mayoría de los estados miembros de Europa tiene capacidades militares muy disminuidas luego de décadas de ajuste a los presupuestos militares, y de acompañar los costosos fiascos estadounidenses en Afganistán e Iraq. Muy pocos países tienen una flota capaz de operar en el Pacífico, y son insignificantes frente a las que posee China. Tampoco les causa gracia que la belicosidad norteamericana en Asia acabe destruyendo lo poco que queda de la unidad europea. La OTAN ha declarado a la totalidad del planeta como campo de intervención (Defence News, 22/10). Dentro de la OTAN opera una facción militarista europea, que sostiene que la salida al impasse del viejo continente es una guerra contra Rusia.

En la reunión del G7, pegada a la de la OTAN, fue presentada una iniciativa conocida como la B3W (“Build Back a Better World”) cuyo propósito es contrarrestar la Ruta de la Seda impulsada por China. Ofrece para ello financiamientos para infraestructura a los países cortejados o en la lista de Pekín. Sin embargo, prevalecen las dudas sobre la B3W: su método de financiamiento, los obstáculos políticos que enfrenta (Reuters, 13/6).

La falta de apoyo en Europa para enfrentar a China se replica entre los países del Pacífico. El primer paso dado por los norteamericanos fue sacar al Quad, la alianza cuadrilateral del Indo-Pacífico (EEUU, Japón, India, Australia) del sarcófago. Al igual que lo que sucede con las potencias europeas, los intereses de estos países tampoco están alineados. EEUU fue abordando a otros países de la región. Tanto Indonesia como Singapur no tienen interés alguno en cerrar el estratégico Estrecho de Malaca a China. Vietnam se ha ido acercando a China. Corea del Sur reafirmó una posición equidistante entre EEUU y China (Global Times, 27/5). En vista de esto, queda claro que la conformación del AUKUS (la alianza militar entre Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia). Por medio del AUKUS, EEUU ha birlado a los franceses un negocio por venta de submarinos a Australia por cincuenta mil millones de dólares. La promesa de armar a los australianos con submarinos de propulsión nuclear llevará no menos de una década en materializarse y ha despertado protestas en Nueva Zelanda (The Diplomat, 19/9), que ya advirtió que no dejaría entrar a sus aguas los submarinos de sus vecinos. El verdadero propósito de los estadounidenses es convertir a Australia en una nueva base de operaciones militares.

Intríngulis estratégico

EEUU se enfrenta, en resumen, a una crisis estratégica sin paralelo. A menos que decida abrir la caja de Pandora de la guerra nuclear, los bastiones políticos o militares que ha esparcido por el mundo, carece de solidez político-militar. Es posible, por otra parte, que China y Rusia actúen de manera coordinada: en caso de que se vean obligadas a enfrentar crisis terminales en Ucrania o Taiwán (Responsible Statecraft, 27/10). La debacle militar que enfrentarían los norteamericanos en este tipo de escenarios, marcaría un fin de época. El imperialismo norteamericano, sin embargo, no puede ‘des-escalar’ el despliegue militar en el planeta.

De este sucinto repaso, queda claro que cada paso que EEUU ha tenido que dar en su enfrentamiento con China, no le ha creado otra cosa que nuevos problemas y dilemas, y una marcha al abismo, que compromete a la humanidad entera. Nada más lejano de la caricatura que pintan los mentores de la solidez del imperialismo.