“Control de daños”, un régimen de hospitales psiquiátricos

Escribe Julio G.

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El aparato del PO ha salido a denunciar el apoyo del PTS a “la política de reducción de riesgos y daños” impulsada por el intendente del FdT de Morón, Lucas Ghi. Para el aparato, se trata de una “concesión del PTS al sabatellismo/kirchnerismo en el distrito de Morón (que) se explica a partir de una adaptación oportunista y electoralista hacia cierta base social que vota por el FdT” (prensaobrera.com, 27/04). De acuerdo a esta caracterización, la responsabilidad última de la política de drogas del intendente Ghi no la tiene el PTS, sino esa “cierta base social”. El PTS defendería ‘la drogadicción recreativa” como consecuencia de una maniobra electoral.

La realidad es que la promoción del “consumo recreativo” de drogas, acompañado de “políticas públicas” para reducir los “riesgos y daños” del consumo, fue defendida con uñas y dientes por la dirección actual del PO; fue una de las razones para expulsar en forma sumaria a centenares de militantes, que han formado la Tendencia. El 03/02/22 pasado, Prensa Obrera sostenía que el abordaje del consumo de drogas debía partir no del capitalismo en declinación y de la lucha de clases, sino de la existencia de individuos libres, autónomos y racionales. Llamaba, nada menos, que a romper “con el discurso demonizador de la sustancia (sic) porque esa es justamente la premisa para la criminalización del usuarix. Si entendemos al usuarix como sujeto con derecho a decidir (sic) qué consumir, que podrá tener o no un consumo problemático, entonces la prerrogativa mínima para garantizar la salud pública es exigir que el Estado garantice el acceso seguro y regulado a las sustancias”.

Aquí estamos más allá de una posición política frente al consumo de drogas, esto es ya una campaña publicitaria. La sociedad no se rige en base a una lucha entre clases antagónicas, sino en base a sujetos de derecho, libres y racionales. Según esto, la elección de drogarse es función de dos variables: el precio de la droga y la satisfacción que produce; si el primero es alto, el consumidor va por las segundas marcas. El perjuicio a la salud mental de la ‘sustancia’, o sea, el estupefaciente, y sus relaciones sociales, en especial en la clase obrera y la juventud, no entra en la ecuación del individuo racional, que por principio se adapta a las condiciones existentes y a los hechos consumados.

Pretender un ´mundo sin drogas´ es ingenuo” nos dice el aparato del PO –lo mismo debería decir de “pretender” un mundo sin explotación social. De lo que se trata, sin embargo, es de un mundo de drogadicción masiva y creciente, que no ha contrarrestado ningún ‘control de daños’, como se advierte ahora con el fentanyl. Muy llamativamente, quienes combaten el ‘modelo agroexportador’, el ‘modelo extractivista’, el ‘modelo anti-climático’, hacen una sola excepción con el ‘modelo de la droga o estupefacientes’, con su correspondiente ‘modelo farmacéutico’. La contradicción notoria deja conclusiones terminantes.

Así como el problema del aborto no se soluciona predicando la abstención de tener prácticas sexuales, dicen los promotores de la droga, los problemas (sic) de las drogas no se van a ir predicando (sic) la abstención a consumir” (Prensaobrera.com, 04/02/22). La analogía es tan burda como mediocre, pero deja en claro lo siguiente: el impulso más poderoso del individuo sexual es colocado en el mismo nivel que el impulso a la destrucción social. “Lo que debe hacer la izquierda, prosigue el FITU, es pelear por la regulación estatal de la producción, distribución y consumo (legalización)” -más el etiquetado frontal, impuestos en toda la cadena de valor, “políticas públicas” orientadas a la “reducción de riesgos y daños” de los consumidores que tienen un “consumo problemático”. Este planteo coloca a la humanidad bajo control sanitario y al socialismo como un enorme hospital internacional.

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