La insolvencia de la deuda pública y la insolvencia política final del gobierno

Escriben Marcelo Ramal y Jorge Altamira

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El cimbronazo financiero que derrumbó las acciones de empresas privadas y los títulos del Estado prendió las luces rojas en todos los tableros. Activa los tiempos y ritmos de la devaluación y del default. El desplome de la cotización de la deuda en pesos y de la devaluada deuda en dólares deja al estado sin otro recurso de financiamiento que los impuestos a la exportación. No solamente hace explotar la crisis fiscal sino todo el andamiaje económico. Priva de divisas a la importación, que paga sus compras al contado, y a la llamada reactivación. Precipita la crisis política en fase terminal. Es significativo que la corrida contra la deuda pública la haya detonado un fondo del Banco Nación, al cual se le reclamó dinero en efectivo para pagar las importaciones de gas licuado. La quiebra del estado por el propio estado es un hecho excepcional.

Para agravar las cosas, el gobierno ha salido al rescate de los bancos y los fondos invertidos en la deuda pública en pesos, con dinero del Fondo de Sustentabilidad de los jubilados y los bancos oficiales. No pasará mucho tiempo para que los acreedores del Estado se disputen estos fondos y pongan nocaut a los organismos públicos y al vapuleadísimo peso argentino. La solvencia de la moneda de un país la determina la solvencia del estado que la emite. Por eso, según Infobae (14/6), Guzmán dice que “la deuda carece de sustentabilidad”. Un descubrimiento un tanto tardío para quienes han abogado por el pago de la deuda pública mediante el refinanciamiento indefinido. Martín Guzmán ha armado un "corralito" a la Domingo Cavallo, de modo que no solamente él está en tiempo de alargue. El mercado de compra-venta de títulos ha sido avisado de que si las cotizaciones siguen cayendo, deberán dejar en el Tesoro el dinero, que ya no existe, por tiempo indefinido.

Desde los tiempos de "Néstor", el kirchnerismo abogó, como por otra parte lo hacía el FMI y Wall Street, por el desarrollo de un mercado de capitales “local”, que otorgaría soberanía monetaria a Argentina. Redactó una ley de mercado que no prosperó por los derechos que otorgaba a los accionistas “minoritarios”. Guzmán volvió de Columbia entusiasmado con la idea. Fue la piedra basal de su política “multicausal” de “equilibrio macroeconómico”. En varias ocasiones opinó que esta línea, si no muy sólida, tenía bastante tela para cortar. Las grandes compañías, los bancos y los fondos comunes lo acompañaron. Como le ocurrió a Macri, sin embargo, de repente “pasaron cosas”. La pandemia y la guerra imperialista precipitaron la caída de los mercados financieros internacionales, inflados por tres décadas de acumulación de capitales ficticios, o sea que no representan el valor real de los activos que pretenden representar. Los financistas que advirtieron esta situación se refugiaron en las criptomonedas, sólo para descubrir que en el capitalismo el refugio no existe. El bitcoin cayó un 65% y otras "blockchains" prohibieron el retiro de depósitos e inversiones.

Un panorama de este alcance no tiene arreglo con subas de tasas de interés ni mini o medias devaluaciones. Hay que ir a la megadevaluación que Rodríguez Larreta promete para 2023, si la bolilla cae en su apuesta. Deberá ir acompañada con un corralón universal, o sea un default, porque la deuda en pesos se convertirá en más impagable que la deuda en dólares. Nada que sorprenda en el "desequilibrio" económico alcanzado por la economía mundial capitalista; la guerra financiera entablada contra Rusia y China y una parte apreciable del resto; y de una guerra imperialista que no tiene visos de terminar, incluso si se consiguen acuerdos parciales. Las gambetas de Guzmán y las lapiceras sin usar de "Alberto" han agotado su "magia". La doctora Cristina Fernández, sin posibilidad de hacer oir la voz del pueblo, deberá hacerles compañía.

Aquí empieza el gran desafío para la clase obrera, que se va a encargar del escarmiento a través de un proceso convulsivo con sus accidentes, altas y bajas.

La conspiración está adentro

La corrida financiera disparada por los propios funcionarios estatales demuestra que las movidas para acelerar un desenlace económico y político se encuentra en las entrañas del propio gobierno. Kulfas la anunció confusamente en su carta de renuncia. En nombre de las "famosas" Pymes reclamó liberación de precios, tarifazo, reforma laboral (“para pymes”) y, obligado a no revelarlo, una devaluación –o sea el default. En las filas opositoras y en varias del gobierno ya se encuentra en la agenda un "gobierno de emergencia o unidad nacional". Es así que emergen "las ligas de gobernadores", la reunión de la asamblea legislativa (diputados y senadores juntos) y la coalición del larretismo con el peronismo.

¿Cómo se para el movimiento obrero frente a este horizonte?

La burocracia peronista o de la CGT, no quiere quedar afuera de ningún desenlace de la crisis, como lo ha intentado y muchísimas veces logrado, desde 1944/45 y, con algunas diferencias, desde 1930 y 1917. No quedar afuera de la enésima "transición". Fue lo que hizo cuando hubo que firmar con el FMI –"dentro del estado todo, fuera del estado nada". Para “prenderse”, sólo reclama que se arregle su propia bancarrota –en primer lugar, el "reperfilamiento" de la deuda de las obras sociales y el tarifazo de la Salud y el recorte de prestaciones.

El activismo, de su lado, necesita una comprensión de conjunto del momento actual, para lo cual debe incrementarse la propaganda y agitación. Como en otras crisis de alcance histórico es necesario coordinarse y discutir las condiciones y métodos de una huelga general, sobre la base de un programa de reivindicaciones. Es lo que ocurre entre los obreros del citrus, los piqueteros, la Salud, los docentes o los choferes autoconvocados; lo que debe ser la agenda de los trabajadores del Neumático, del subte, aceiteros.

Este es el contexto de los plenarios y congresos abiertos que ha convocado el Polo Tendencia, que tendrán lugar entre el 18 y 20 de junio próximos en casi todo el país.