El desempleo "normal" de Cristina Kirchner y su llamado a estatizar la oferta de trabajo

Escribe Marcelo Ramal

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La vicepresidenta se rodeó de las banderas y pancartas de un aparato sindical para desgranar una frase que debe ser cuidadosamente analizada. “Con esta desocupación -dijo- hay demasiados planes sociales”.

La interpretación es clara: los planes de empleo se justificarían ante un desempleo propio de las catástrofes económicas; en cambio, hoy estaríamos ante un desempleo, digamos, “normal”: un 7% de desocupación "abierta" y otro 12% de subocupación, en conjunto, unos 2 millones y medio de personas. La cifra no incorpora, sin embargo, a aquellos que ya dejaron de buscar trabajo.

Si, optimísticamente, ubicamos en 3 millones de personas a toda esta legión de desocupados o subocupados, los "planes# actuales cubren solamente a la tercera parte de ellos –con el agravante de que no "cubren" casi nada; no son el 80 o 60% del salario, como debiera ocurrir con un seguro al parado. Los planes exigen una contraprestación, aun cuando sólo cubren la cuarta parte de una canasta de pobreza. Pero para la vicepresidenta, es demasiada "cobertura": delante de los popes de la CTA, abogó por una legión de no menos de 2 millones de desocupados “puros”, expuestos al mercado laboral sin ingreso alguno.

Desde la tribuna de la proletaria Avellaneda, Cristina expuso la doctrina del máximo exponente de la Universidad de Chicago, el ultra reaccionario economista Milton Friedman. En los años 50, el catedrático reboleó la teoría de la tasa “natural” de desempleo, o sea, un número “inevitable” de desocupados, siempre disponibles para evitar un "estrangulamiento" de la oferta y una presión a la suba de los salarios, que conduciría a “presiones “inflacionarias”. Friedman es una suerte de tío abuelo adoptivo de Javier Milei.

Un siglo antes de los neoliberales y de Cristina, la existencia de una desocupación "sistémica" había sido ampliamente desarrollada por Marx. Marx demostró que el capitalismo necesita de una legión permanente de desocupados, como reserva de fuerza laboral disponible y como coacción sobre la fuerza laboral ya ocupada –“si no aceptas el salario que ofrezco, tengo una legión de personas sin trabajo haciendo cola para ingresar”. De todos modos, ese desempleo "friccional" no ha sido obstáculo para que los trabajadores, por medio de la lucha, arrancaran mejoras del salario real y sociales. Para que funcione la “ley de hierro” del salario -que confina a éste al mínimo de subsistencia- es necesaria la colaboración de los sindicatos con la patronal y el estado, y en el extremo, una derrota sustancial de la clase obrera. Quienes estaban sentados al lado de la Vice -Yasky, Moyano y otros- han puesto de sí todo lo que han podido para que el nivel de pobreza de las masas sea hoy el más alto de la historia.

Cristina Fernández de Kirchner se hizo eco ayer de los reclamos que suelen enarbolar las patronales del agronegocio, la construcción civil y otras que pagan salarios bajos. Estas patronales aducen que los “planes de empleo” frenan la oferta de mano de obra a los salarios que ellas están dispuestas a pagar. La "amiga" del Consejo Agroindustrial colocó en la agenda política al "empalme", aunque con una salvedad –que para ello hay que sacar del medio a las organizaciones sociales, incluso a las que trabajan para el estado. Ocurre que estas últimas, además, han roto con el kirchnerismo. En el caso de un reciente amigo de Eduardo Belliboni, Juan Grabois, opera en banda con Gustavo Grobocopatel, el mayor negociante agrícola de la burguesía nacional.

Al igual que esas patronales, u otras como Toyota, Cristina ha salido a perorar sobre la “irracionalidad” de los planes de empleo sin detenerse en el carácter irracional y anárquico del régimen social capitalista que crea esas situaciones. En Argentina, tres millones de trabajadores son condenados al desempleo, por la sencilla razón de que el capital no quiere ocuparlos a una tasa de ganancia determinada, o como consecuencia de las quiebras capitalistas y la guerra. Un régimen social fundado, no en el lucro, sino en la regulación consciente y colectiva del proceso de producción social, uniría esos brazos ociosos a las necesidades -también fabulosas- de vivienda y obra pública, por ejemplo.

La escalada verbal de Cristina vuela muy por debajo de estos problemas – su interés es colocar al padrón de planes sociales bajo la égida de punteros y gobernadores. Espera reconstruir, tardíamente, una alianza que contribuya a su supervivencia política y judicial. Con su llamado a controlar las importaciones, mediante la coordinación entre el Banco Central, la Aduana, la Afip y el ministerio de Producción, mostró el escaso arsenal del nacionalismo kirchnerista para combatir una crisis que se le ha ido de las manos.

El estatismo de Cristina Kirchner, cuando se trata de reemplazar a las organizaciones sociales por medio de planes administrados por Anses, muestra una limitación de los planteos de esas organizaciones. La consigna de la Bolsa de Trabajo, independiente por supuesto del Estado, una institución histórica de la clase obrera internacional, debería ser el instrumento para negociar con las patronales el contrato de nuevos trabajadores. La organización de esa Bolsa debería ser determinada por la libre elección de su dirección y el establecimiento de un control desde abajo. La Bolsa de Trabajo debería relevar las necesidades laborales de la industria, en condiciones de ocho horas estrictas de trabajo y cinco días a la semana. Dejaría al desnudo la superexplotación que significan las horas extras obligatorias, y la necesidad de que su supresión vaya acompañada de un aumento salarial compensatorio. La Bolsa de Trabajo debería contar con un presupuesto del estado para asegurar una alimentación adecuada de las familias sin empleo. Sería, de este modo, una forma de poder obrero en el campo de la lucha contra la desocupación. Funcionaría como un organismo político de la clase obrera en su conjunto. Dejaría al desnudo la complicidad de la burocracia sindical con los despidos, y pondría en la agenda sindical la participación en una Bolsa de Trabajo. La refutación del pseudo nacionalismo tardío de la Vice, es un programa socialista de transición de parte de los trabajadores.