Otro muro que se viene abajo

Escribe Jorge Altamira

Por los derechos y libertades nacionales de Palestina.

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En las últimas 72 horas se han escrito ríos de tinta acerca del propósito táctico o estratégico de la operación militar de Hamas en el sur de Israel. Es indudable que el asesinato de civiles constituye una acción terrorista, pero el objetivo de las milicias palestinas no ha sido intimidar a la población, como pretende el terrorismo – mucho menos intimidar al estado sionista, fuera del alcance de las milicias. Israel cuenta con la mejor preparación militar del mundo, con armamento de última generación, misiles, ojivas nucleares, un estado de movilización incomparable a nivel internacional y el apoyo del imperialismo mundial, los regímenes restauracionistas de China y Rusia y los gobiernos de la región. Los mazasos sufridos por el muro del oprobio levantado por el sionismo contra el sacrificado pueblo de Gaza, ha puesto al desnudo la implosión del estado sionista.

Es un recurso intelectual estrecho atribuir la operación militar a la finalidad de evitar el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Israel, como ya lo han hecho varias monarquías del golfo Pérsico. Es un despropósito. Este acercamiento no consumado forma parte de un escenario internacional cambiante y contradictorio, que no puede ser detenido por una operación miliciana, por eficaz que haya sido para sus autores. Con la mediación de China, el reino saudí reanudó relaciones con la teocracia iraní, juzgada como enemiga mortal del sionismo. La reorientación estratégica de Arabia ha sido impuesta por la guerra entre la Otan y Rusia, que ha reconfigurado el mapa energético global, en beneficio de Estados Unidos y en perjuicio de los exportadores tradicionales de combustible. Para adherir a un acuerdo estratégico con Israel, Mohamed bin Salman, el autócrata saudí, ha exigido a Biden la entrega de armamento ultra moderno y la conversión del reino en potencia nuclear. La competencia geo-política entre Estados Unidos y China es explotada en su propio benerficio por potencias menores. Nuclearizar a Arabia Saudita sería la última pala en el entierro de la no proliferación nuclear.

Este escenario de acuerdos internacionales inéditos explica la abstención de Irán en la preparación del asalto militar de Hamas y la Jihad Islámica, confirmada por el gobierno de Biden. Esto es obvio para quienes debían evitar cualquier delación de los preparativos. No hay indicios de que Qatar estuviera al tanto de lo que iría a ocurrir, a pesar de que es una de las principales bolsas que financia al gobierno de Gaza. La evidencia es que no ha habido una conspiración internacional detrás de la operación militar gazatí, ni tampoco que esta operación pretendiera alterar el escenario internacional ya convulsionado. El suceso de la operación militar, de todos modos, ha significado sí un golpe adicional formidable al conjunto de las relaciones internacionales. Israel, en un territorio minúsculo, es un poderoso actor internacional, que ahora asiste al derrumbe del cordón de su autopreservación.

La operación militar de las organizaciones palestinas quebró la invulnerabilidad del Estado sionista. Fue concebida por las organizaciones milicianas como una salida a años de fracasos de las acciones terroristas individuales que han perpetrado en territorio israelí y al lanzamiento de cohetes contra la población civil. Este terrorismo de respuesta a los abusos y agresiones del sionismo han concluido en un callejón sin salida. La operación reciente es de otra naturaleza. Rompió el cerco del muro levantado por el estado sionista y atacó 22 localidades, incluidos puestos avanzados del ejército. Ejecutados contra una población que forma gran parte de la reserva de las fuerzas armadas (Israel es casi “un pueblo en armas”), los asesinatos cometidos no fueron accidentales, sino parte esencial del operativo. Lo mismo ocurre con la toma de rehenes, para servir como disuasión del contraataque israelí, que será absolutamente brutal.

La operación militar no es solamente una respuesta a una larga trayectoria de fracasos propios (en realidad, cubren más de un siglo) – es también una comprensión de que la sociedad israelí se encuentra irremediablmente dividida y que el estado sionista se encuentra en estado precario. La lógica de la construcción del estado – de “anexión y desposesión” (caracterización del diario Haaretz, reproducida por The New York Times en La Nación, 10/10) de la población palestina -, va en la dirección de un estado fascista y teocrático a través de un camino de guerras regionales e internacionales. Los dramáticos acontecimientos del sábado último fueron prefigurados hace más de tres décadas cuando un colono terrorista israelí, también un sábado, abatió al primer ministro Isaac Rabin, ex jefe del Ejército. Rabin, de la ‘línea dura’, había intentado evadir la lógica de la limpieza étnica mediante un acuerdo con la OLP de Arafat y el padrinazgo de Bill Clinton. - los llamados “acuerdos de Oslo” También entonces fallaron los servicios de Seguridad.

La denuncia de que omitió las advertencias de los servicios de Seguridad de Egipto acerca de la inminencia de un ataque ha alimentado las versiones de que Netanyahu estaba interesado en una guerra que sirviera de refuerzo del gobierno ante las tenaces movilizaciones que piden su renuncia. La denuncia ya ha producido reclamos de que se vaya, incluso en plena moviliización militar. Netanyahu ha conseguido el voto favorable para una reforma del Poder Judicial y la Corte que le da al Parlamento y al Gobierno una completa libertad de acción para colonizar la Cisjordania, expulsar a su población e incluso conquistar Jordania – para establecer un Gran Israel como antes del Imperio Romano.

No era en Gaza, sin embargo, sino en Cisjordania donde se incubaba una nueva Intifada, o sea una rebelión popular, y donde tenían lugar constantes asesinatos de palestinos por parte de colonos, policía y el ejército sionistas. En este territorio, Netanyahu ha contado con la complicidad del gobierno de la Autoridad Palestina. En tanto en los territorios ocupados afloraba la Intifada y en Israel se desarrollaban numerosas manifestaciones contra el gobierno, que incluía a los militares de la reserva, los acontecimientos se desencadenaron en otro escenario, en Gaza. En este territorio minúsculo y superpoblado, el ataque militar puso de relieve que los métodos de dominación del sionismo, brutales, habían caducado en lo más elemental – la defensa territorial. La crisis abierta es definitivamente histórica y replantea las condiciones de existencia del estado sionista.

Netanyahu, Biden, Van der Leyden -la presidenta de la Unión Europea- y también el turco Recip Erdogan han agregado una nueva categoría al derecho internacional – el derecho a “la venganza”. Un derecho bíblico: ojo por ojo, diente por diente. Significa, en principio, arrasar con la población gazatí, a la cual se ha privado de todo – luz, gas, alimentación, medicamentos, y sometida a intensos bombardeos. Ya han muertos más gazatíes que los israelíes abatido por el ataque palestino. Biden ha explotado esta guerra para enviar portaaviones nucleares a la zona, cuando se agrava la crisis con el partido Republicano por el financiamiento de la guerra en Ucrania.

El alto mando sionista se encuentra discutiendo la invasión de Gaza, en función de un plan de limpieza de militantes y activistas, cuadra por cuadra, metro por metro. Hay varias declaraciones que llaman a no tener en cuenta el riesgo que representa para los rehenes. Una operación similar, aunque menor, ya fue desafiada por Hezbollah en 2006, en circunstancias cuando contuvo la agresión israelí y obtuvo una victoria política extraordinaria. Hezbollah posee decenas de miles de misiles, no algunos. De aquellos polvos vienen estos lodos. La crisis del sionismo no empezó el sábado pasado. La ‘limpieza’ de Gaza llevaría a Israel a una guerra en dos o tres frentes en las costas del Mediterráneo.

El Consejo de Seguridad de la ONU se encuentra dividido entre quienes reclaman el derecho a la venganza y quienes plantean un cese del fuego y una mediación internacional. En la mesa no figuran los derechos nacionales de Palestina. China y Rusia han dejado en claro que defienden la estabilidad de Israel y que pretenden un rápido fin de esta crisis. En medio de una guerra que califican de “existencial”, en Ucrania, todas las grandes potencias están lanzadas a negociaciones para evitar el descontrol del Cercano Oriente. El tablero político interno de estas potencias se verá sacudido por nuevas crisis en función de este nuevo frente de guerra y del impacto en la economía mundial.

Hamas y la Jihad islámica son fuerzas político-militares atadas a los diferentes regímenes de la región. Han organizado está operación militar extraordinaria para salir de un impasse de décadas. El propósito es ser reconocidas como protagonistas con pleno derecho de una negociación internacional. Tienen el desafío de evitar el asesinato de los rehenes, pero es inicierto que obtendrán garantías de una salida de parte del imperialismo mundial o de las potencias regionales. En Israel, numerosos sectores reclaman el desplazamiento de Netanyahu sin esperar al fin de la guerra. Hay un conflicto acerca de los objetivos de la guerra: limpieza étnica y fascismo, por un lado, replanteo político de la negociación con las organizaciones palestinas, por el otro. Este antagonismo plantea la posibilidad del derrocamiento del gobierno por parte de las Fuerzas Armadas sionistas, aunque todo indica que no hay unidad para eso.

El viejo orden mundial está definitivamente quebrado. La lucha por los derechos nacionales y sociales solamente encontrará la victoria en el marco de una revolución socialista mundial. No hay terceras alternativas.

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