Matar a Gaza

Escribe Olga Cristóbal

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El 4 por ciento de los gazatíes está muerto, herido o desaparecido. Una proporción similar en la Argentina superaría los 2 millones de personas. La crueldad del ejército sionista violenta tabúes básicos de cualquier civilización: sus topadoras pisan y entierran personas vivas, aplastan heridos en los patios de los hospitales, roban cadáveres de las morgues o excavan cementerios como el de Al Batish, dejando expuestos y dispersos los cuerpos enterrados recientemente. Los soldados sionistas se filman bailando, vestidos con ropa de las palestinas que acaban de matar o jugando en los cuartos de niños asesinados. El 70 % de las viviendas de Gaza fueron destruidas junto con su sistema educativo y de salud. El 95 % de la población está desplazada. De persistir la campaña sionista, se calcula que podría morir de hambre o por falta de atención médica el 40 % de la población.

La justificación del asesinato de criaturas no es privativa de algún jerarca de la DAIA: forma parte del discurso habitual del gabinete y los jefes militares del Estado de Israel que festejan obscenamente la nueva Nakba, proponen la expulsión total de los palestinos o directamente su exterminio. Justamente, este el séptimo argumento en la causa por genocidio contra Israel por Sudáfrica ante la Corte de Justicia Penal Internacional: “… las expresiones de intención genocida contra el pueblo palestino por parte de funcionarios estatales, incluidas las referencias del primer ministro Benjamín Netanyahu a la historia bíblica de la destrucción total de Amalek por los israelitas, la declaración del presidente Isaac Herzog de que 'toda una nación es responsable' y la afirmación del ministro de Defensa, Yoav Gallant, de que Israel estaba luchando contra 'animales humanos'."

Peter Beinart, editor de Jewish Courrent, escribe en el New York Times (7/1) que “un número cada vez mayor de funcionarios israelíes lo están diciendo en voz alta: no quieren expulsar sólo a Hamás de Gaza. Quieren que muchos habitantes también se vayan” y eso explicaría, a su juicio, la masiva destrucción de las viviendas y la infraestructura sanitaria y educativa.

En noviembre, el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, postuló “la emigración voluntaria de los árabes de Gaza a países de todo el mundo”. Y la ministra de Inteligencia, Gila Gamliel, respaldó “el reasentamiento voluntario de palestinos en Gaza, por razones humanitarias, fuera de la Franja”. El periódico Israel Hayom informó el 30 de noviembre que Netanyahu había pedido al ministro de Asuntos Estratégicos, Ron Dermer, que desarrollara un plan para "reducir" la población de Gaza "al mínimo" abriendo las puertas de Egipto y abrir rutas marítimas a otros países. Netanyahu instó a Joe Biden, Macron y a los ingleses a presionar a Egipto para que admitiera a cientos de miles de refugiados, cosa que fue rechazada de plano.

Otro sector del gobierno -el ministro de Defensa Yoav Gallant y Benny Gantz, el jefe de la oposición que se incorporó al gabinete de guerra- prefiere un gobierno de la Autoridad Palestina controlado por otros países. Sin embargo, Gallant advirtió que “mientras continúen las hostilidades, Israel no permitirá que la mayoría de los desplazados regresen a sus hogares”.

“Pero en los últimos días se ha vuelto más fuerte el rumor sobre la salida de los palestinos de Gaza”, dice Beinhart. En una reunión del Likud, Netanyahu afirmó que el gobierno estaba “trabajando” para encontrar países dispuestos a aceptar a los palestinos. El miércoles 3, The Times Of Israel afirmó que el reasentamiento voluntario desde Gaza se está convirtiendo gradualmente en “una política oficial clave del gobierno”. A principios de esa semana, un colono extremista y ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, dijo que la expulsión de los palestinos “es la única solución correcta, justa, moral y humana”. Smotrich, el ministro de Finanzas, dijo que el 70 % de los israelíes son favorables a la expulsión y que serían capaces de “hacer florecer el desierto”, invocando el mito sionista de que Palestina era un desierto árido antes del establecimiento del Estado de Israel.

Las protestas de Naciones Unidas, Arabia saudita y otros países árabes no pasaron del discurso. “Todo esto tiene un trasfondo histórico escalofriante”, dice Beinhart. Sin duda: los 800.000 palestinos expulsados por la Nakba en 1948 nunca pudieron volver. Se murieron en los campos de refugiados, con las llaves de sus casas colgadas al cuello, la herencia más preciada para sus hijos. Lo mismo sucedió con los cientos de miles expulsados de Cisjordania y Gaza en 1967.

En tanto, Gallant anunció en la noche del jueves la puesta en marcha de una tercera fase del plan de guerra “que se asemeja a una estrategia de salida”. Una vez alcanzados los objetivos militares, dijo, Israel planea una Gaza con administración palestina limitada, basada en “comités locales” de mera gestión, pero bajo control del ejército, que se reserva plena “libertad de acción operativa” para intervenir en la Franja. (El País 7/1)

A pesar de los exitistas comunicados del Ejército sionista, en Tel Aviv no todos están convencidos “La guerra no ha logrado hasta el día de hoy ninguno de sus objetivos. Ha habido logros operativos sobre el terreno, pero no hay estrategia de salida”, advierte este viernes el analista israelí Nahum Barnea en las páginas del diario Yediot Ajronot.

“El ejército espera que se apliquen las mismas reglas del juego que en el norte de Cisjordania, donde entra a discreción en ciudades y pueblos y cuenta con cooperación parcial de la administración civil palestina”, argumenta este veterano columnista, “pero Gaza no es Yenín”, escribe. “Y con el colapso de la administración de Hamás se convertirá en un agujero negro, el mismo que muestran las fotografías aéreas de la Franja”, concluye.

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