El crimen de Barracas y las bases políticas de los discursos “de odio”

Escribe Olga Cristóbal

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Un hombre de 62 años prendió fuego a la pieza donde vivían dos parejas de mujeres lesbianas y las roció con combustible mientras dormían.

Pamela Cobos, de 52 años, murió horas después por las quemaduras. Andrea Amarante -que está embarazada- y Mercedes Figueroa están gravísimas, con la mayor parte del cuerpo quemado. Sofía Castroriglos tiene quemaduras y una intoxicación severa por los gases. Otros dos vecinos también están internados.

Pobres de extrema pobreza, las mujeres compartían desde hace un par de años una pieza en el conventillo de Olavarría 1600, Barracas y, según los vecinos, el inquilino que las agredió, llamado Fernando Barrientos, las hostilizaba permanentemente por su condición de lesbianas. Muchas veces preferían no salir del cuarto para evitar los insultos.

Los ataques contra las mujeres y la disidencia sexual, siempre presentes, han aumentado en los últimos meses, pero en abril de 2023, una docente trans, Sofi Fernández, fue encontrada muerta y con signos de haber sido torturada en una celda de la comisaría 5° de Presidente Derqui, en la provincia de Buenos Aires. Hay diez policías acusados de asesinato.

El gobierno de Javier Milei, sus funcionarios y el aparato de trolls que lo amplifican desde la Casa Rosada se jactan de repudiar la lucha de las mujeres y la disidencia sexual por sus derechos.

En la campaña electoral, en relación con el matrimonio entre personas del mismo sexo, dijo: “Si vos querés estar con un elefante... Si tenés el consentimiento del elefante, es tu problema y del elefante”. En el otro extremo, su canciller comparó la homosexualidad con elegir tener piojos.

El presidente también sostiene que “no existe la brecha salarial” entre los sexos, aunque el INDEC señala que es de un 25%, y que entre los trabajadores precarizados asciende 11 puntos más.

Y afirma que “la violencia no tiene género”, aunque en lo que va del año hubo 87 femicidios (uno cada 37 horas).

Las propaladoras del gobierno se expresan, si cabe, más descarnadamente. La semana pasada, un biógrafo y escriba del presidente, Nicolás Márquez, desgranó todo tipo de infundios sobre la condición homosexual en el programa de Ernesto Tenembaum. El mes pasado, un miembro del equipo de comunicación de Presidencia, el twittero Manuel Jorge Gorostiaga (@GordoDan_), fue condenado por hostigar en las redes a una activista trans. Un legislador comparó el triunfo electoral de Milei con una violación del liberticida al conjunto de los argentinos.

Los discursos “de odio” tienen una expresión concreta, lejos de cualquier sentimiento, en la sistemática destrucción de las conquistas de las mujeres y de las disidencias sexuales. Una destrucción que tiene el carácter de política de Estado. Por citar solo algunos ejemplos:

La descalificación de la educación sexual en las escuelas, una herramienta que se mostró eficaz para combatir los prejuicios misóginos y homofóbicos, y también para que los chicos se atrevieran a contar situaciones de abuso. La ESI es denunciada por los liberticidas como un avance sobre los derechos de las familias y como favorecedora de la transición sexo-genérica.

La prédica contra el derecho al aborto, que incluye la calificación de delincuentes y asesinas tanto de las mujeres que interrumpen un embarazo como de los profesionales que colaboran con esto.

El criminal desmantelamiento del Plan ENIA, que había logrado reducir a la mitad el embarazo adolescente. Esto significó, además, el despido de 600 profesionales que, distribuidos en 12 provincias, brindaban consejería en salud sexual en escuelas secundarias y espacios comunitarios, y garantizaban el acceso a métodos anticonceptivos de larga duración y a ILE/IVE en centros de salud.

El despido, en el último mes, de por lo menos un centenar de personas que había ingresado a trabajar en el Estado en función del “cupo travesti trans”.

El desguace del Comité de Lucha contra la Trata y los despidos del Programa Rescate, que no solo paraliza sus actividades, sino que deja sin protección ante sus tratantes a 150 mujeres rescatadas desde diciembre del año pasado a la fecha.

La derogación de la moratoria previsional que de hecho privará de la jubilación al 90 % de las mujeres dado que, según cifras oficiales, sólo el 8,8 % de las que están en edad de jubilarse alcanzan los 20 años de aportes o más. La mitad, directamente no tiene ningún aporte. El Gobierno presentó a quienes obtuvieron la jubilación con moratoria como ladronas que se aprovechan de los aportes de los trabajadores registrados.

La violencia y el desprecio del gobierno de Milei atropella a lo que se le opone y por eso lo califica como débil o mafioso: a las mujeres, a quienes no se ajustan a la norma heterosexual, a las personas con síndrome de Down, enfermas o con discapacidades, a los sin techo, a los inmigrantes -esos que llegan para violar mujeres, como dice el salvaje comunicado de Presidencia en relación a España-, a los pueblos originarios, a los que defienden la educación y la salud públicas, a los trabajadores del Estado, a los periodistas que les hacen preguntas incómodas, a la cultura que no entiende, a los trabajadores que hacen huelga o se manifiestan en las calles. A los oprimidos.

Los discursos de “odio” expresan la necesidad innegociable que tiene el régimen del capital de disciplinar a las masas explotadas, de generar falsas contradicciones y divergencias entre los oprimidos. Esa necesidad puede tomar formas “democráticas” -por la vía de la cooptación- o más brutales, pero siempre está presente.

Todos los “disidentes” borronean, corrompen, el sueño de un mundo “armónico”, sea en una “comunidad organizada” o en un régimen fascistizante, con trabajadores dócilmente disciplinados al patrón -¡desde la infancia!-, mujeres confinadas a la esclavitud doméstica y a la maternidad compulsiva, jóvenes sometidos a una educación acrítica y productivista. En síntesis, una humanidad doblegada a los designios del gran capital.

Este régimen social es una usina de odio a quienes luchan contra la opresión y fomenta y legitima las agresiones a los “enemigos” de la “paz social”, que es la paz de la explotación. No es un sentimiento. Más guerra de clase no se conoce.

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