Estados Unidos: ¿es una “protesta”? No, es una rebelión popular

Escribe Norberto Malaj

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La burguesía norteamericana está sacudida sólo como lo registró la historia de EE.UU. pocas veces. “Joe Lockhart, ex secretario de prensa de la Casa Blanca, tuiteó el lunes por la noche: ´Viví a través de MLK (Luter King) y Bobby (Kennedy) asesinados, nuestras ciudades en llamas, Watergate, el 11 de septiembre y otras tragedias nacionales. Nunca he estado tan asustado por nuestro país como lo estoy esta noche. Trump tiene que irse ahora" (The Guardian, 2/6).

No se recuerda en EE.UU. que un presidente sea tratado de “dictador” (Kamala Harris, senadora demócrata por California) o de acusarlo de recurrir al “discurso fascista” (Ron Wyden, senador demócrata por Oregón) en referencia a Trump. Robert Reich, ex secretario de Trabajo de Clinton escribió: “Él ya no es presidente. Cuanto antes dejemos de tratarlo como si lo fuera, mejor” (ídem, 31/5).

El gobierno de Trump es considerado ya como el peor desde Herbert Hoover, el mismo con el que EE.UU. entró en la bancarrota de Wall Street de 1929. Su presidencia es considerada una 'escribanía', donde sólo se escucha a los aduladores y al dueño de la cadena oficialista (Fox), luego de haber despedido o “perdido” a los consejeros 'sensatos'. (ídem).

La burguesía se pregunta: ¿podrá llegar Trump a noviembre?

Militarización

“La magnitud de las protestas –editorializó The Guardian, 1/6– por el asesinato de Floyd (romper los toques de queda y desafiar a las tropas de la guardia nacional, durante seis días y en casi 40 ciudades estadounidenses) sugiere que esta muerte puede ser un punto de inflexión”.

Trump mientras tanto persiste. Alrededor de la Casa Blanca “hay vehículos blindados y tropas afuera de las estaciones de metro de Washington. Hombres con equipo de combate que portaban rifles de francotirador fueron vistos encaramados en la puerta abierta de un helicóptero volando bajo sobre el distrito comercial. Un helicóptero militar se acercó tan cerca al suelo para dispersar una manifestación que mucha gente fue azotada por el viento del motor, una técnica de dispersión aprendida en contrainsurgencias en el extranjero. El lunes, una protesta totalmente pacífica fue expulsada de una plaza de la ciudad frente a la Casa Blanca con gases lacrimógenos, a bastonazos y policías montados, para que Trump pudiera posar frente a una iglesia con una Biblia” (The Guardian, 2/6).

Ese día “entre la pandilla de funcionarios que caminaban detrás de Trump para su sesión de fotos bíblica estaban el secretario de defensa, Mark Esper, y el general más importante del país, el jefe del Estado Mayor Conjunto, Mark Milley, vestido con uniforme de combate. Su presencia en Lafayette Square, caminando en medio de los destrozos que dejaron los manifestantes que huían, pasó por encima de la línea que supuestamente separa al ejército de EE. UU. de la política interna y echó lastre a las imágenes de Trump de una guerra justa contra un enemigo pernicioso en su interior” (ídem, 3/6).

Al día siguiente, sin embargo, Esper y Milley calificaron a una intervención del ejército como inconstitucional.

Rechazaron en forma expresa la aplicación de la Ley de Insurrección de 1807, como amenazó hacer Trump. Estamos ante una insubordinación del jefe del Pentágono, que obviamente no hablo por cuenta propia.

"Cuando comienza el saqueo, comienza el tiroteo" había tuiteado Trump pocas horas después de las primeras manifestaciones. La prensa destaca que la policía no detiene a los saqueadores, lo que ha llevado a muchos a suponer que son pandillas organizadas por la misma policía. Un estilo de acción que aplica Bolsonaro, con lujo de detalles.

“Desde su defensa de los manifestantes de extrema derecha en Charlottesville hasta el ataque a los jugadores de fútbol negros que se niegan a cantar el himno nacional, Trump ha exacerbado la división racial y la ha explotado para apuntalar su base de votantes blancos. Entre ahora y noviembre, existe el peligro de que el presidente intente actuar sobre los matices autoritarios de su discurso inaugural en 2017” (íd.ant.).

Algo que no se vio ni en 1968

Aunque las movilizaciones tienen su epicentro en las ciudades con importantes poblaciones negras, el estallido social es multirracial.

El movimiento Black Lives Matter nació después de que el asesino de Trayvon Martin, un joven desarmado de 17 años fuera asesinado por un policía de Florida en 2012, fura absuelto por el jurado. En varias ciudades, BLM juega un rol protagónico.

Otro dato destacado son algunas manifestaciones de solidaridad de la policía con las manifestaciones. The Guardian escribe que los policías de “Nueva Jersey marcharon con los manifestantes, o que el jefe de policía en Atlanta condenó el uso de Tasers por parte de sus agentes y salió a la calle a escuchar a los manifestantes” (3/6); lo mismo sucedió “en la ciudad de Coral Gables (Florida)” y en Michigan, donde “un 'sheriff' de EE.UU. y sus agentes bajan las armas y se unen a una protesta por la muerte de Floyd” (www.actualidad.rt.com, 31/5).

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