Escribe Olga Cristóbal
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Pese a la firma de un nuevo acuerdo de paz el viernes pasado entre el gobierno sionista y el libanés, bajo la tutela de Trump, la artillería y los drones israelíes continúan castigando El Líbano, devastado tras casi cuatro meses de ataques diarios. Las bombas sionistas han asesinado más de 4.300 personas y desplazado a más de un millón, según cifras del Ministerio de Sanidad libanés.
Trump impuso a Netanyahu el cese del fuego tanto con Irán como con El Líbano, cuando el sionista y sus asesores habían expresado repetidamente que querían mantener la guerra hasta que obtuvieran sus (remotos) objetivos: desmantelar a Hezbollah y un cambio de régimen en Irán.
La prensa israelí coincidía, a mediados de junio, en que Netanyahu tenía un plan para retrasar la finalización de su interrogatorio en el Caso 2000 -el último de la serie de juicios que se le siguen por corrupción- durante cinco semanas, hasta el receso de los tribunales: ordenaría un ataque simbólico contra la sede de Hezbollah en Dahiyeh, Beirut.
La hipótesis era que los iraníes, tal y como prometieron, responderían. La Fuerza Aérea Israelí contraatacaría con contundencia, e Irán respondería al fuego de forma indiscriminada.
“Dos o tres semanas de guerra, otras dos semanas de excusas y faroles, y las vacaciones comenzarían”, aventuraba Haaretz, y se prolongarían hasta mediados de octubre, momento en el que habría elecciones. Eso le daría a Netanyahu tiempo para decidir si se presenta o no, si llega a un acuerdo con la fiscalía, si se niega a reconocer los resultados electorales en caso de perder y si crea un caos que haga imposible continuar con el juicio.
La premura de Trump por cerrar la guerra con Irán ante su propio calendario electoral (en noviembre) arruinó la estrategia y Netanyahu tuvo que tragarse el sapo del acuerdo Washington-Teherán y firmar una paz trucha con Líbano que indignó a los israelíes.
El núcleo del acuerdo, según el NYT, es un plan de seguridad por fases en el que el ejército libanés asumiría gradualmente el control de todo su territorio a medida que “los grupos armados no estatales”, como Hezbollah, fueran desarmados y se desmantelara su infraestructura militar.
Más claro: el presidente libanés Joseph Aoun aceptó la ocupación sionista de su territorio en pos de un objetivo común: aniquilar a Hezbollah. El canal 12 israelí publicó el domingo pasado que en el acuerdo hay un anexo de seguridad, secreto a petición del gobierno libanés, que incluye la plena libertad de las fuerzas israelíes para actuar y señala que su retirada no será automática (El País).
La milicia chiita impugnó el acuerdo y dijo que si el ejército libanés forzaba su implementación llevaría al país a una guerra civil. El mismo viernes por la noche, miles de manifestantes, en su mayoría afines a Hezbollah, salieron a las calles de la capital, Beirut, ondeando las banderas amarillas y denunciando al gobierno.
El líder de Hezbollah, Naim Qassem, calificó el acuerdo de "humillante, vergonzoso y una renuncia a la soberanía", y lo declaró "nulo y sin efecto". También afirmó que vincular la retirada israelí al desarme de Hezbollah era "una propuesta muy peligrosa que traspasa todas las líneas rojas". "Nadie tiene derecho a privar a los libaneses del derecho a la autodefensa y a defender el territorio frente al ocupante de nuestra tierra y al asesino de nuestro pueblo", añadió.
En tanto, los dos ministros fascistas más influyentes del gobierno israelí, alarmados por las bajas en el ejército, pidieron “abrir las puertas del infierno” en El Líbano (Bezalel Smotrich, Finanzas) y que “lloren mil madres libanesas, por cada lágrima de una madre israelí” (Itamar Ben Gvir, Seguridad Nacional).
Israel bombardeó sin pausa desde el viernes ciudades libanesas como Mayfadoun, Taybe, Hadatha y Nabatiyeh. Esta última es una de las más importantes del sur y los israelíes llevan semanas intentando consolidar allí sus posiciones, sin lograrlo (El País, 29/6). Los informes y las imágenes por satélite muestran demoliciones generalizadas de viviendas, edificios y templos, incluido el uso de excavadoras y demoliciones controladas. También son destruidos puentes, carreteras, tuberías de agua (Haaretz 30/6).
“Los comandantes y combatientes del ejército permanecerán en la zona de seguridad del sur de Líbano y continuarán destruyendo la infraestructura terrorista, eliminando las amenazas de las comunidades del norte y velando por la seguridad de los ciudadanos israelíes”, amenazó Netanyahu en un comunicado, que también firmó su ministro de Defensa, Israel Katz. Israel dijo que Beirut y Washington estaban informados de la voladura de un extenso túnel en el que supuestamente la milicia chiita escondía armas.
Netanyahu “intentó capitalizar el acuerdo con El Líbano como un éxito político, cocinado en varias rondas de conversaciones en Washington, sin la participación de Hezbollah” (Haaretz). Lo presentó como “una victoria” para Israel y “un golpe duro” para Irán que “está tratando de obligarnos a retirarnos por la fuerza del sur del Líbano”. Katz ratificó que Israel no se retirará “ni un milímetro” de ninguna de sus “zonas de seguridad” en El Líbano, Siria o Gaza.
El acuerdo con Aoun no logró disipar las críticas feroces que recibió el carnicero de Tel Aviv por el acuerdo entre Washington y Teherán. Funcionarios israelíes coinciden en que, a pesar de las presiones de Trump, una retirada del Líbano “sería un suicidio político para Netanyahu”, cuyo destino parece atado a la continuidad de sus frentes militares.
The Washington Post citó a “altos cargos” sionistas que opinan que “ante las elecciones israelíes este otoño, la supervivencia política de Netanyahu depende de demostrar a su público interno que no retirará tropas de El Líbano y que está dispuesto a recrudecer los enfrentamientos con Hezbollah”.
A pesar de sus discursos altisonantes, Netanyahu no logra convencer a los israelíes de que se alcanzaron los objetivos de la guerra contra Irán. “Hezbollah no ha sido desarmado y el régimen iraní permanece prácticamente intacto”, reprocha un editorial de Haaretz.
En una encuesta reciente, dos tercios de judíos israelíes se manifestaron decepcionados, afirmaron que la paz con Irán contrariaba los intereses de Israel y el 62 % manifestó que espera que el conflicto “se reanude a gran escala”.
Con un ojo en las elecciones, el dirigente opositor Naftalí Bennett sostuvo que “la cuenta regresiva para el cambio de régimen en Irán comenzará una vez que haya un cambio de gobierno en Israel” y prometió, de paso, que bajo su gobierno la Zona C (60% del área de Cisjordania) será anexada a Israel, eliminando cualquier posibilidad de un estado palestino.
También Gadi Eisenkot, ex jefe del Estado Mayor y líder del partido centrista Yashar repudió un acuerdo “que se había gestado lejos de Israel y de sus intereses” y lo calificó como “una oportunidad perdida para la seguridad del país”. Eisenkot es el más firme rival de Netanyahu en las elecciones de octubre y se postula bajo el lema “Israel debe ganar”.
Los ánimos de guerra de todo el espectro político israelí saben que más allá de los exabruptos de Trump y los rezongos de los demócratas, la alianza con el imperialismo es inexpugnable: el 30 de junio la Cámara de Representantes rechazó una resolución que se oponía al apoyo estadounidense a la guerra entre Israel y Líbano.
La resolución, que habría limitado la capacidad de Trump para involucrarse en la campaña militar, fue rechazada por 189 votos contra 235, con 22 demócratas que rompieron filas con su partido al votar en contra de la resolución. Y todos los días las Fuerzas Armadas yankys encuentran una nueva excusa para bombardear Irán.
