Bielorrusia: la huelga general y un gobierno que se cae

Escribe Jorge Altamira

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Los acontecimientos políticos en Bielorrusia han ganado por fin la primera plana de la información internacional. El domingo se reunieron alrededor de 150 mil personas en la plaza principal de Minsk, la capital, para reclamar la caída del presidente Lukashenko y la convocatoria a nuevas elecciones bajo el control de una nueva comisión electoral. Al día siguiente, Lukashenko fue a buscar apoyo en la fábrica de tractores de Minsk, donde fue abucheado por los trabajadores. Una huelga general se extiende por todo el país. En varios cruces con los manifestantes, algunos contingentes de la policía se pasaron a la multitud. La televisión pasa solamente programas musicales ante la deserción del personal. La candidata de la oposición eligió a Lituania para escapar a las amenazas que había recibido de parte de las fuerzas de seguridad, un país que tiene un gobierno pro-OTAN y furibundamente anti-ruso. El intento de Bielorrusia, muy dependiente de Moscú, de maniobrar entre la Unión Europea y Rusia, en los últimos años, ha terminado alienando a uno y otro. La promesa de Lukashendo de construir un real estado nacional, de los despojos de la ex URSS, ha sucumbido sin atenuantes. El vacío político que dejaría su partida obligaría a un entendimiento entre Rusia y la OTAN, en cualquier caso, precario, o llevaría a una guerra, al menos del tipo ya visto en Georgia y Ucrania.

La apelación de Lukashenko al socorro de Putin no ha dado un resultado favorable, pues el ruso sólo prometió auxiliarlo en caso de una invasión militar – algo que sólo podría ocurrir en una instancia extrema. El problema real, para Rusia y la OTAN, es que la huelga general se haga completa, y que por otro lado se quiebre el aparato de seguridad. En ese caso Putin recurriría a una intervención, incluso con el visto bueno de la Unión Europea. Luego tendría que negociar el establecimiento de un gobierno que se comprometa a mantener los acuerdos con Rusia e incluso una tutela política – algo que la crisis económica, la pandemia y el despertar popular convierten en una quimera.

Hasta donde es posible saber, las huelgas recogen los slogans políticos de la oposición pequeñoburguesa, incluidos algunos oligarcas, o sea que no están presentes las reivindicaciones sociales, ni se han formado bolsones de poder de la clase obrera, como consejos o coordinaciones. Es natural que esta limitación se fuera superando con el desarrollo de la crisis. La rebelión adquiriría una potencia propia, intolerable para el ´este´ como para el ´oeste´.

Para que los enormes deseos democráticos de la población encuentren una salida popular profunda, la caída del gobierno y la convocatoria de una Constituyente soberana son planteos muy adecuados que podrían emerger en cualquier momento. Ayudaría a desarrollar una diferenciación política entre los obreros, de un lado, con un planteo de reclamos sociales y el control obrero en oposición a las privatizaciones, y la parte superior de la clase media democrática, del otro, que sigue como a una sombra la demagogia la OTAN y la UE.

En Europa del este e incluso en Rusia no han faltado las movilizaciones y las luchas frente una realidad post soviética cada vez más penosa, que fueron manipuladas por las potencias en presencia. Un desarrollo diferente en Bielorrusia tendría un impacto enorme en todo ese espacio post soviético y en la misma Rusia.

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