Un crimen de raza y de clase

Escribe Osvaldo Coggiola

Tiempo de lectura: 3 minutos

El asesinato de João Alberto Silveira Freitas, un hombre negro conocido como Beto por sus amigos, golpeado y muerto el 19 de noviembre por guardias de seguridad blancos en una unidad del supermercado Carrefour en Porto Alegre, desató una ola de indignación nacional. Beto tenía 40 años y deja a su esposa, Milena Borges Alves, de 43 años, cuidadora de ancianos. Beto vivía con su esposa en una favela en Vila Farrapos, al norte de Porto Alegre, donde era muy querido por los vecinos. Se ganaba la vida con changas, en pequeños trabajos realizados como pintor y albañil. Los guardias de seguridad le golpearon la cabeza contra el suelo varias veces y Beto gritó pidiendo ayuda y pidió para poder respirar, todo en presencia de su esposa, a quien se le impidió acercarse.

Los asesinos, un hombre de 24 años y otro de 30, fueron arrestados en el acto. Uno de ellos es policía militar y fue trasladado a una prisión militar. El otro es empleado de seguridad del establecimiento comercial y se encuentra detenido en un edificio de la Policía Civil. La investigación trata el crimen como un homicidio calificado. En las imágenes que circulan en las redes, se puede ver a los dos hombres vestidos con ropa negra, comúnmente utilizada por los guardias de seguridad, golpeando a la víctima en el rostro, quien se encuentra en el piso. Una mujer que estaba próxima filmó las acciones de los agresores. Luego, con sangre ya derramada por el suelo, aparecieron otras personas alrededor del hombre agredido, mientras los atacantes seguían intentando inmovilizarlo en el suelo. Un equipo de Samu intentó revivir al hombre después de la golpiza, pero murió en el lugar. Los análisis iniciales de los departamentos de Criminalística y Médico-Legal del Instituto General de Pericias (IGP) de Rio Grande do Sul señalaron la asfixia como la causa de muerte. Como en el caso de George Floyd en Estados Unidos, que se revela como un patrón internacional.

Los elementos racistas del crimen son sorprendentes. Carrefour, multinacional de origen francés, tiene un historial de casos de violencia racial en sus instalaciones, a pesar de las numerosas manifestaciones y denuncias de los movimientos negros sobre prácticas racistas. El crimen del 19 de noviembre reafirma la existencia de un patrón institucionalizado de irrespeto y violencia dirigido a la población negra por esta multinacional. Que ya viene de lejos. En 2009, tomado como sospechoso de un delito imposible -el robo de su propio automóvil- el empleado de la USP, Januário Alves de Santana, negro, fue sometido a una sesión de golpizas con derecho a trompadas, cabezasos y culatazos, por cinco guardias de seguridad del Hipermercado Carrefour en São Paulo. Los ejemplos, decenas y denunciados, podrían multiplicarse.

Sin embargo, no se debe olvidar que los asesinos, incluido el policía militar que estaba allí "trabajando" ilegalmente (con pleno conocimiento de la empresa empleadora, que debe ser llevada ante la justicia solo por ese motivo) actuaron según las órdenes y la capacitación proporcionada por la empresa tercerizada de seguridad al servicio del hipermercado, llamada Vetor, y por el propio Carrefour. Explotados transformados en asesinos de otros explotados, en función del lucro capitalista. Se trata de un patrón de "protección de la propiedad". La bestialidad al servicio del beneficio capitalista, hasta el más mínimo detalle y hasta el último céntimo, incluso ante la sospecha (que presumiblemente no pasaba de eso) de la pérdida de unas míseras chirolas.

Los asesinos serán llevados ante los tribunales y es probable que se enfrenten a pesadas penas de prisión (el PM involucrado ya ha sido separado de la corporación), mientras que sus mandantes harán declaraciones "humanitarias" y promesas de revisar sus "sistemas de seguridad". Quizás incluso hagan una donación (la ganancia de unos minutos de operación de la empresa) para la familia de la víctima. En Brasil, como en otros países de América Latina, el racismo está al servicio y se fusiona con la explotación y la opresión de clase. Para luchar contra el racismo hay que luchar contra el capitalismo, por un gobierno de los trabajadores de la ciudad y del campo. Para luchar contra el capitalismo, hay que acabar con el racismo en las filas de los mismos explotados. Que Carrefour y Vetor sean responsabilizadas por el crimen, antes que los propios imputados. Y eso ahora.

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