Medio Oriente: una declaración de guerra contra una nueva Intifada

Escribe Jorge Altamira

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Después de varias derrotas, mucho sufrimiento y una tragedia, son numerosos quienes han dado por históricamente muerta la lucha de las masas árabes palestinas. Para unir la injuria al agravio, el 60% de la población israelí ha sido inmunizada con las dos dosis de Pfizer, pero nada en absoluto para los palestinos. Netanyahu ha ofrecido a Argentina una ayuda para la producción de vacunas, pero se niega a hacerlo con la población de mayor ´acercamiento social´ al suyo – Gaza y Cisjordania o, para el caso, también la Transjordania. Ninguna derrota es completa sin la humillación humana de los derrotados. Es lo que pensaba y hacía Hitler, y es un apotegma de todas las variantes del fascismo.

A favor de la tesis de que la causa nacional palestina se había encontrado con su “solución (política) final”, han concurrido últimamente varios factores. Uno son los tratados entre Israel y Arabia Saudita y Bahrein, la solidez de la alianza del sionismo con Egipto, y naturalmente la colaboración de la Autoridad Palestina con los servicios de Seguridad sionistas, y la escisión entre ella y Hamas, y entre los territorios occidentales y Gaza. Aunque menos conocido, las negociaciones de algunos partidos árabes que están presentes en la política israelí con partidos sionistas para dotar de mayoría parlamentaria a un gobierno que reemplace al de Netanyahu, forma parte relevante de este escenario. Un grupo de intelectuales progresistas judíos viene insistiendo, ante este declive, que se impone abandonar la causa palestina y luchar por el reconocimiento de la ciudadanía de los árabes palestinos en un Estado de Israel único – desde el Mediterráneo hasta el Jordán. El estado de Israel es reconocido como un plaza fuerte definitiva de la geopolítica internacional, o sea por todas las grandes potencias en presencia y de sus respectivas opiniones públicas.

Los acontecimientos de los últimos días, sin embargo, han sido caracterizados por los órganos principales de la prensa internacional como el resultado de la irrupción de una nueva generación de palestinos, independiente de ambas fracciones del liderazgo árabe establecido. Es como si dijeran que es otro gran episodio de la rebelión popular que se desarrolla a escala internacional, o más sencillamente “palestinians lives matter”. Los titulares que mencionan la posibilidad de una guerra, aluden en realidad a lo que, suponen, serían las consecuencias de una Intifada de mayor escala que en el pasado, puesto que la supremacía militar del estado sionista y sus alianzas políticas excluyen, en cualquier sentido que se la tome, aquella posibilidad. La guerra que sí se ha desatado es una nueva masacre de la población de Gaza por parte de la aviación sionista – en especial la muerte de niños. Gaza es una cárcel a cielo abierto de dos millones de personas.

La chispa que encendió los choques de los últimos días fue, en definitiva, la ´limpieza´ poblacional de la población árabe palestina, por parte de los colonos y el Estado en el este de Jerusalén. Netanyahu ha repetido que la ciudad será de soberanía única del estado sionista; las expulsiones de tierras y la destrucción de viviendas palestinas continúan sin respiro en todos los territorios ocupados. En este contexto, pobladores sionistas y la policía reprimieron el acceso a la mezquita Al Aqsa, cuando se celebra una festividad importante del Islam.

La crisis vino como anillo al dedo a Netanyahu porque postergó las negociaciones del partido árabe con el opositor Lapid, el político encargado de formar un nuevo gobierno, ante el fracaso para reunir una mayoría por parte del llamado “Bibi”. Netanyahu teme que si pierde el gobierno, la Justicia pondrán en ejecución las sentencias que lo condenan por corrupción. Hamas ha cumplido con fidelidad la larga tregua que tiene con Netanyahu, que es la condición que ha puesto el emirato de Qatar para brindar ayuda económica a Gaza. A partir de este contexto, es presumible que los cohetes que Hamas ha disparado contra el territorio ocupado por Israel, con poca mayor eficacia que en el pasado, hayan servido como justificación propicia para el gobierno encabezado por alguien que la Corte Penal Internacional acusa como criminal de guerra – precisamente por los bombardeos contra la franja de Gaza. Es obvio, de todos modos, que los disparos contra uno de los estados más militarizados del mundo no son el método adecuado para combatir a un ocupante de las características especiales del sionismo. El camino es la Intifada (rebelión popular) y el desarrollo de una dirección política que levante la bandera de la autonomía nacional con una perspectiva internacional – no en función del agotado nacionalismo árabe.

Los responsables del encubrimiento del atentado a la AMIA, o sea los servicios de Seguridad que han servido a Menem, Kirchner y Macri, han salido como jauría a denostar al “terrorismo árabe”, sin una palabra para el mayor desalojo de viviendas después del nazismo y de la masacre de Ruanda. No dan puntada sin hilo, porque es la misma acusación que lanzan contra la rebelión popular en Colombia. A la dictadura argentina le enchufaron la misma etiqueta, pero ´ex post mortem´; en vida fueron sus aliados, al igual que el gobierno de Israel.

Es incuestionable que las posibilidades de victoria de una Intifada nueva en Palestina, está ligada a una nueva Primavera Árabe contra los regímenes de la región – incluidos Turquía e Irán.

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