El bono de Kicillof

Escribe Ceferino Cruz

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Finalmente los docentes bonaerenses cobramos, con el sueldo de diciembre, el tan mentado “bono” de fin de año “otorgado” por Kiciloff a todos los estatales por un monto máximo de veinte mil pesos. Su adjudicación se hizo no por cargo, sino por agente con al menos un cargo o equivalente en módulos u horas cátedra, y de manera proporcional para quienes trabajan por debajo de ese piso. De los docentes jubilados, sólo quienes cobran la mínima fueron bonificados con ocho mil pesos.

Esta adición única al sueldo de fin de año viene a aliviar, en alguna medida, las presiones que el costo de vida más la inflación específica del período dejan caer sobre un salario que no levanta cabeza de manera mínimamente significativa desde los estragos de la administración Vidal. Con esta vara caída en los hechos, pero con el ángulo argumental de la pandemia, es que el SUTEBA “vendió” este bono como un «reconocimiento al esfuerzo y al compromiso de las y los Docentes y de todxs lxs Trabajadorxs estatales de la provincia de Buenos Aires» (comunicado del 23/12/2021). Digamos que el “esfuerzo” y el “compromiso” se dan en el marco de una presencialidad a la que el FUD, con el SUTEBA a la cabeza, empujaron a los trabajadores de la educación al firmar sin consultar a los involucrados el regreso a las aulas en el medio de un pico de contagios y de muertes.

El bono es un reconocimiento tácito de la miseria del salario docente y un refuerzo, por añadidura, de la consagración de tal miseria: es la contracara de la decisión precisa de que no se va a pelear un aumento real. La burocracia ya advirtió que este año no va a haber “no inicio”. Lo hicieron en las ambiguas reuniones de delegados convocadas por el sindicato de Baradel, el 10 de diciembre pasado, en un amague de consulta, pero confesamente declaradas “informativas” respecto del acuerdo salarial con Kiciloff que ya tenían cocinado, que sin embargo se aprobó formalmente al día siguiente en una nueva paritaria express: “análisis” de la propuesta una tarde, “debate” y “aprobación” la mañana siguiente. Hace rato, además, que no se molestan en llamar a asambleas de afiliados para tales nimiedades.

El acuerdo en cuestión cristaliza, para todo el 2021, un 54 % de lo que el Frente de Unidad Docente (FUD) califica como “aumento”. Dudoso, en principio, porque implica desplazamientos -dentro del sueldo- de cifras en negro al básico. Estas cifras componen más de la mitad del haber total, no suman para la jubilación, y no se contabilizan para antigüedad ni desfavorabilidad, entre otras limitaciones. De esta manera, el salario básico de un maestro de grado (en enero) por cargo quedará en $24.832, por debajo de la canasta de indigencia que el INDEC calcula en $30.925, y a kilómetros de una canasta familiar, hoy en $150 mil pesos. El salario de bolsillo del maestro de grado con 24 años de antigüedad (máxima antigüedad) queda por debajo de la línea de pobreza, hoy superior a los 75 mil pesos.

Como se ve, tanto la paritaria como el bono consagran un salario de miseria.

En un gremio como el de la educación, donde su sindicato más grande está agudamente imbricado en el Estado provincial (el SUTEBA ha aportado decenas de candidatos, hoy funcionarios distritales y también en la estructura del Ministerio de Educación), que se deshace en alabanzas ante cada movimiento “del Axel”, y que anuncia sin tapujos que no va a presentar ningún plan de lucha pese a la sequía salarial y de horas, la propagación de planes precarizadores, una obra social diezmada y la perspectiva de un mayor ajuste a la sombra del acuerdo con el FMI que debe estar firmado y marchando en marzo, nuestra propia perspectiva como trabajadores de la educación es la autoconvocatoria y la organización. Las luchas de la docencia salteña, la de la salud en Neuquén del año pasado, el Mendozazo y el Chubutazo, marcan el camino.