El desistimiento descontado de Cristina Kirchner acelera la crisis política

Escribe Jorge Altamira

La farsa del “operativo clamor”.

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El desistimiento de Cristina Kirchner a una tercera candidatura presidencial no estuvo nunca en duda. Renunció a esa posibilidad en 2019, cuando el desmoronamiento del macrismo le había ofrecido esa posibilidad. Prefirió armar una triple alianza con Alberto Fernández y Sergio Massa. El kirchnerismo había perdido en 2015 frente a Macri y en 2017 frente a Esteban Bullrich en las elecciones de la provincia de Buenos Aires. Después del derrumbe en las PASO y en las generales de 2021, una tentativa de ese tipo quedó excluida. La condena que le dictó el Tribunal Oral por el asunto de Vialidad fue un buen pretexto para hacer oficial un ‘renunciamiento’ que estaba descontado. No podía ocurrir lo contrario luego del 8,7 % de inflación en abril y dos corridas contra el peso bajo la gestión de su pupilo en Economía. El “operativo clamor” enfrentó la barrera insalvable del ‘blue’ y del contado con liquidación. Esta operación sólo caló en el personal rentado del Frente de Todos, ante la certeza de que deberá abandonar los cargos públicos.

El apartamiento de CFK ha sido recibido con satisfacción por los círculos financieros y, según entendemos, por la embajada norteamericana. El llamado populismo no goza de las preferencias de estos sectores cuando se trata de producir una devastadora devaluación del peso, ejecutar un programa de flexibilización laboral y aumentar la edad jubilatoria. Esto no obstante la trayectoria de los tres gobiernos kirchneristas, que impulsaron los convenios por productividad, achataron hacia abajo la escala jubilatoria y pagaron inescrupulosamente los intereses y las amortizaciones de la deuda pública, con las reservas internacionales del Banco Central y del Fondo de Garantía de Anses. Cristina Fernández ha eliminado un escollo a la prosecución del programa dictado por el FMI.

El interrogante es ahora cuál es el panorama que deja la ‘renuncia’ al FdT, al peronismo y al kirchnerismo. Apenas conocida la carta de la Vicepresidenta cobró nuevo ímpetu la corrida por las PASO. Están anotados De Pedro, Agustín Rossi, Scioli y hasta Grabois; en la Provincia se ha apuntado la ministra Tolosa Paz. Axel Kicillof ha hecho circular la intención de desdoblar las elecciones bonaerenses para no ser atrapado por una derrota nacional del Justicialismo. El afán de Sergio Massa para que no le metan “un quilombazo más” se diluyó como las nieblas invernales al mediodía.

Sin un respaldo político como candidato único del FdT, la autoridad de Massa sufriría un golpe irreparable para bancar el “plan aguante” hasta las elecciones. Podría provocar incluso su renuncia. No se percibe que una coalición de partidos y candidatos pueda reemplazar el apoyo del kirchnerismo para ir hasta el final con el plan del FMI. Este ‘vacío político’ podría desatar un “rodrigazo”.

El desarme del “operativo clamor” podría ser, sin embargo, funcional a una candidatura única de Massa. Para eso sería necesario producir una crisis política, condicionando su continuidad como Ministro a una PASO sin competencia. “Yo o el caos”. La hilera de contendientes del FdT sería forzada a tirar la toalla a cambio de evitar un derrumbe económico y la caída del gobierno. Massa cuenta, por otro lado, con el apoyo de la burocracia de la CGT y, hasta cierto punto, de la Cámpora, sin olvidar a la “patria contratista” de los Manzano, los Eurnekián, a la “AmCham”, la cámara de las patronales norteamericanas, y a la embajada de EE. UU. Massa se ha convertido, por otra parte, en un mediador precario entre los intereses de Estados Unidos y de China, en cuanto al reparto de los resortes fundamentales de la economía nativa; en el negocio de la red 5G, la china Huawei viene asociada al grupo Clarín. Como lo hemos señalado en un artículo anterior, en caso de sortear estos obstáculos, el tigrense emergería como un candidato del Tesoro norteamericano (no el único) y del cristinismo. En la política burguesa, el antagonismo es la premisa de los acuerdos.

El régimen de ‘bonapartismo ministerial’, lejos de asegurar una contención de la inflación debería pactar con el FMI los términos de una devaluación del peso del 30 al 50 %, para acceder a un adelanto de divisas por parte del Fondo. Para los trabajadores, las alternativas políticas en disputa serían una opción entre “el caos y el caos”. Por de pronto, el ascenso inflacionario ha hecho caducar las paritarias modelo CGT, porque se plantea la necesidad de un ajuste de salarios mensual, como mínimo. La tasa de inflación supera los ajustes previstos en los convenios, incluidas las compensaciones posteriores, que se hacen moneda desvalorizada. El aumento general de los salarios y las jubilaciones -y su ajuste mensual- sólo podrán ser impuestos por medio de una huelga general.

Una huelga general, que no plantea la burocracia de la CGT ni ninguna dirección sindical, tendrá definitivamente un carácter político. La clase obrera y los trabajadores se unirán por medio de autoconvocatorias, asambleas y comités de huelga. Será el terreno donde se dirimirá el carácter de la futura dirección política de las masas.

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