Qué significan los niveles exorbitantes alcanzados por la deuda financiera global

Escribe Jorge Altamira

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La suba de la tasa de interés, por parte de la Reserva Federal, de casi cero al 4,5%, desató, en el primer trimestre de 2023, la quiebra de varios bancos regionales de Estados Unidos y la muy notoria del Credit Suisse. Se temió, por un momento, una reanudación de las bancarrotas de la crisis 2007/8. Los Tesoros estatales se apresuraron a rescatar la totalidad de los depósitos en esos bancos, con independencia de que estuvieran asegurados o no por la Caja pública de Seguros. La interpretación prevaleciente adjudicó la crisis a la desvalorización de los títulos públicos que ocupaban gran parte del activo de los bancos como consecuencia de la suba de los intereses. El desbalance, de un lado, entre el valor del activo bancario y, por el otro, del valor de los depósitos, desencadenó una fuga bancaria y la quiebra.

La crisis financiera, localizada, no lo es sino en apariencia. Un informe reciente de la consultora McKinsey, reportada por el Financial Times, encontró que el stock mundial de riqueza en títulos y acreencias de todo tipo ha subido a la friolera 160 billones de dólares –160 acompañado por doce ceros. Es una riqueza en papel, porque su valor real no ha sido realizado en el mercado. La suba reciente de la tasa de interés que afectó a los bancos regionales norteamericanos, ha reducido el valor de esa riqueza en 8 billones de dólares –equivalente, como dice la información, a un tercio del PBI de Estados Unidos.

Esa riqueza en papeles constituye una parte relevante, no total, de lo que Marx ha denominado “capital ficticio”. No es un capital real sino una representación de ese capital, bajo la forma de acciones; de crédito al Estado, hipotecario, comercial e industrial. La asunción de una forma ficticia le permite valorizarse ficticiamente o desvalorizarse del mismo modo. De acuerdo al informe, en el 2000, un punto de inversión real ha generado 1,90 de deuda; tres años después, genera 3,40. Con relación al PBI la deuda pasó del 340 al 600 por ciento. Esto es unos 700 billones de dólares, bastante más que los 160 billones descubiertos por McKinsey. El régimen de endeudamientos ha servido para que el beneficio del capital industrial mutara en ficticio. A medida que la ganancia como porcentaje del capital invertido en la industria desciende, crece la ‘inversión’ en papeles financieros.

Esta concentración enorme de riqueza financiera se manifiesta en el crecimiento brutal de la desigualdad social. Aunque ficticia, ese capital obtiene rentas suculentas, a costa del valor de la fuerza de trabajo. Los fondos de inversión y los que gerencian activos tienen una parte muy importante de los capitales accionarios de la industria, el comercio, la tecnología. En lugar de pagar dividendos, las grandes compañías recompran sus propias acciones, elevando en forma ficticia su valor de mercado. Las tasas bajas de interés aceleraron el desarrollo del capital ficticio –la reversión de esas bajas amenaza con precipitar una caída enorme de ese pseudovalor.

En este marco de conjunto, la deuda global de los países de la periferia capitalista ha crecido también en forma explosiva. Alcanzaba, a fines de 2022, la friolera de 98 billones de dólares. La novedad es que el porcentaje de la deuda privada internacional de esos países pasó del 10 al 50% del total. Pero para esta deuda no hay un FMI ni legislación internacional; la aplicación de las normas neoyorquinas y londinenses no contemplan procedimientos de recuperación de empresas en quiebra que operan en terceros países. El Financial Times se atreve a sugerir que, ante el agravamiento, se vuelva al marco jurídico de Babilonia, que perdonaba las deudas impagables como vía para restablecer el movimiento de la economía.

Otras fuentes informativas están llamando la atención acerca del endeudamiento de un recién llegado, relativamente. China duplicaría, para 2030, los activos de los fondos gerenciales de capitales, a 40 billones de dólares. Es un aspecto del asunto, porque China se ha lanzado a una enérgica privatización previsional –otro rubro poderoso de formación de capital ficticio. Además, las deudas hipotecarias registran números elevados en el marco de grandes defaults de pulpos inmobiliarios. Los organismos locales del Estado operan un nivel de deudas con acentuada autonomía. China ha entrado al capitalismo maduro o en descomposición, sin pasar por las etapas previas que recorrieron Europa occidental y Estados Unidos.

Para consuelo de tontos, una franja considerable de inversores asegura que el retorno a un nuevo ciclo de tasas de interés bajas e incluso bajísimas es inevitable. En caso de que ocurriera, el globo del capital ficticio se inflaría sin control, y aún más la desigualdad social. No se trata, entonces, de una perspectiva promisoria. Para el mandamás del JP Morgan, las tasas altas y la desvalorización de activos de papel seguirá, lo cual le permitiría al banco absorber a sus rivales sin poner un dólar.

El factor fundamental del derrumbe capitalista que se re-avecina es, por supuesto, el desarrollo y desenlace de la guerra. Ejerce un papel acelerador de la crisis que no podría tener ningún otro, a excepción de una serie de revoluciones. La cuestión de la deuda capitalista ha cobrado un ímpetu nuevo. Los trabajadores deben tomar conciencia de este desarrollo para rechazar la extorsión de los partidos patronales, que abogan por aceptar toda clase de sufrimientos para saldarla por completo.

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