El acuerdo-estafa comercial con Estados Unidos embarca a Argentina en la guerra mundial de Trump

Escribe Jorge Altamira

La disyuntiva no es ‘proteccionismo’ versus ‘libre comercio’.

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Argentina se ha convertido en una dependencia semi-colonial de Estados Unidos con la complacencia de la ‘oposición dialoguista’ y la complicidad de la que no dialoga menos. Milei sigue en la Casa Rosada gracias al rescate electoral de octubre pasado orquestado por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, que gatilló 2600 millones de dólares para evitar el derrumbe del peso e incluso quedarse con el beneficio que le brindó una alta tasa de interés. Este socorro se repitió cuando hubo que hacer frente a los vencimientos de deuda externa de enero, por 4.200 millones, que fueron suministrados en gran parte por bancos norteamericanos, por orden de Trump, a un alto costo financiero para el Tesoro de Argentina. Hace pocos días, Bessent volvió al escenario para financiar el pago de intereses de la deuda pública con el FMI, de 800 millones de dólares, mediante el aporte de Derechos Especiales de Giro. Todo esto convierte a Milei y a la cloaca liberticida que lo acompaña en una oficina exterior del gobierno norteamericano.

El “acuerdo comercial y de inversiones” que se ha hecho público en estas horas es una estafa por donde se lo mire, al punto que la gran prensa (‘que supimos conseguir’) lo ha tratado con sospechas. Pero tampoco es el asunto principal. Lo fundamental ocurrió pocas horas antes de su firma, en una reunión en Washington, de la que participaron 54 naciones, incluida la Unión Europea, la India y Japón; la casi totalidad de los estados latinoamericanos, y por supuesto Argentina. Allí se estableció el compromiso de llegar a acuerdos bilaterales para el desarrollo de la minería de tierras raras, litio, cobre y cobalto, y cadenas de producción que las vinculen a la industria de la Inteligencia Artificial, la de semiconductores y la militar (que reúne a todas esas y otras industrias). El acuerdo apunta a quebrar el dominio que China ha conquistado en el terreno. Un funcionario norteamericano sostuvo “que la diversificación de las cadenas de producción (o sea de China) es una cuestión de seguridad nacional” para Estados Unidos. En la reunión se convino en fijar un piso al precio de los minerales, es decir un subsidio, con el propósito de hacer frente a los mayores costos de producción de los países signatarios con respecto a China. J.D Vance, el vicepresidente de Estado Unidos, propuso en la reunión la creación de una ‘zona de comercio preferencial’ de materiales críticos entre países aliados. “Esperamos”, señaló JD Vance, “que las discusiones de hoy los impulse (a los países asistentes) a concluir estos acuerdos tan rápido como sea posible”. Los especialistas en el asunto aseguran, sin embargo, que el propósito de desplazar a China en la cuestión es inviable, y que sería necesario desarrollar innovaciones tecnológicas que permitan reducir la dependencia de las cadenas de producción de esos minerales. Un informe del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, conocido ayer, señala que Estados Unidos no están condiciones de superar a China en cuanto a extracción y refinación de minerales, dada la posición dominante que China tiene en la industria. Once naciones firmaron acuerdos con Estados Unidos al finalizar la reunión, en su mayor parte de la periferia de la economía internacional. El canciller Quirno, por Argentina, firmó un “memorando de entendimiento”

El acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos forma parte de la estrategia de aislar económicamente a China y apuntalar la concentración de las cadenas de producción en manos de compañías norteamericanas y Estados Unidos - una militarización de la economía en el marco de una guerra mundial en desarrollo. En el acuerdo, Argentina ofrece una apertura comercial irrestricta a las mercancías y capitales norteamericanos, a cambio literalmente de nada. La promoción de las inversiones estadounidenses llega al extremo de otorgarles una preferencia sobre la competencia, incluso cuando se trata de aquellas amparadas por el RIGI – inversiones de más de 200 millones de dólares – que están exentas de aranceles, impuestos y de limitaciones al giro de beneficios. El ingreso de acero y aluminio a Estados Unidos, el punto de mayor interés de Argentina, continúa gravado. El aumento de la cuota de exportación de carne de alto valor de Argentina a Estados Unidos es, en cierto modo, tramposo. En primer lugar, porque ha sido impuesto por el momento del ciclo de reproducción del ganado en Estados Unidos y Brasil, en cuanto a retención de vientres, menor producción y aumento de precios. En segundo lugar, porque la ganadería de Argentina sufre un largo estancamiento por su desplazamiento por la soja, de modo que es incierto que pueda cumplir con la cuota. Beneficia, por tanto, a un núcleo reducido de productores de la región más fértil de la pampa. Las concesiones comerciales a Estados Unidos son, por el contrario, generalizadas, en cuanto a importación autopartes de automóviles, productos medicinales, monopolio de patentes, química. Es un acuerdo de vaciamiento industrial en un país que se ha convertido en un armadero de piezas importadas. Si los propósitos de este acuerdo prosperaran, Argentina se subordinaría a las cadenas industriales y bélicas de Estados Unidos en calidad de productora de materias primas alimenticias y minerales. Un canje entre dólares de la inversión extranjera esperada, de un lado, y el pago de la deuda externa y la deuda pública en su conjunto, del otro, no resolvería nada en cuanto a la vulnerabilidad financiera de Argentina, pues obligaría a producir un ajuste extraordinario adicional del Tesoro para comprar esas divisas, mientras se acumula una enorme deuda externa privada vulnerable a una corrida cambiaria.

Con diferencias no muy relevantes, el acuerdo con Argentina se asemeja al impuesto al chavismo residual en Venezuela, en cuanto al petróleo, el oro, el cobre y algunos minerales de las tierras raras. Argentina, por medio de este tipo de acuerdos, no salta del “proteccionismo” al “libre comercio”, como tampoco lo hace Venezuela (que ha quedado bajo la tutela personal de Trump), sino que la encadena al proteccionismo monopolista del capital norteamericano, desde el lugar más bajo de la cadena. Las cláusulas de este acuerdo chocan, por de pronto, con las firmadas por el Mercosur con la Unión Europea. Es falso que el acuerdo con la UE haya creado una zona de libre comercio; pues mantiene cuotas de importación, salvaguardas contra la competencia y un conjunto de aranceles que sólo caducarán al cabo de un largo período de ‘transición’. El “libre comercio” no existe – ha sido ‘abolido’ por la guerra comercial, financiera y militar. Argentina no se convertirá, como bajo Menem, en un aliado “extra Otan”, solamente porque la Otan se encuentra en terapia intensiva – la guerra comercial de Trump contra la UE; el choque que tiene con la UE que quiere alargar la guerra en Ucrania; el apoyo que promueve a los partidos ‘soberanistas’ de Europa; el intento de acaparar Groenlandia. En las últimas semanas ha habido una corrida de Gran Bretaña, Canadá y Alemania hacia China, en un intento desesperado por obstaculizar la arremetida de Trump, sin menoscabo de los intentos de recomponer las relaciones deterioradas con Trump para enfrentar a China.

El Congreso de Argentina va a votar a favor de ambos acuerdos – el de Mercosur-UE y el impuesto por Trump -, incluido gran parte del peronismo. Al final de cuentas, en toda esta disputa argentina es una marioneta – se verá obligada a inclinarse por el imperialismo que lleve la delantera. El ‘debate’ proteccionismo versus libertad de comercio es simplemente una estafa. Tanto los partidarios de uno como del otro exigen la aprobación de la contrarreforma laboral, una amplia reducción de impuestos al capital y el regreso al mercado internacional de deuda, mediante una fuerte política de ajuste social.

Solamente la revolución socialista puede revertir la regresión social y la guerra que impone el imperialismo, y dar un empuje histórico al desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad.

Revista EDM