Escribe Jorge Altamira
Convirtamos este propósito en la tumba del imperialismo.
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Cuando en la noche del domingo pasado, Donald Trump anunció una suspensión de los bombardeos a las estructuras eléctricas de Irán, se entendió que la ‘tregua’ obedeció a la advertencia de que la apertura de los mercados del lunes siguiente sería catastrófica. Una característica relevante de la guerra imperialista en desarrollo es el peso que tiene el temor a que desencadene “la madre de todas las crisis financiera” y, por extensión, un golpe político poderoso contra los estados imperialistas comprometidos en esta y otras guerras – Irán, Ucrania, el Caribe. Es un hecho consumado, por lo pronto, que la deuda pública norteamericana ha dejado de ser un "refugio de capitales insoslayable", como lo muestra la caída de sus cotizaciones y el veloz aumento de la tasa de interés. El FMI ya estima que la inflación estadounidense podría aproximarse a una tasa del 5% anual, el doble de la corriente. La agencia Bloomberg advierte que Estados Unidos se encamina, sin desvíos, a un ‘estanflación’. La ‘tregua’ hipócrita calmó por algunas horas los mercados, el financiero y el de combustibles: el primero siguió en su racha negativa y el segundo retomó el sendero de precios en alza. Por algunas horas, sin embargo, la familia Trump embolsó algunas decenas de millones de dólares, porque aprovechó premeditadamente estos giros para comprar títulos baratos antes del lunes y venderlos más caros enseguida después. Un negociado de la lumpen burguesía.
El propósito más importante de la mentada ‘tregua’ ha sido ganar tiempo para trasladar tropas desde California y Japón hacia el terreno de la guerra – en el Golfo Pérsico. Trump no pretende ‘desescalar’ la guerra sino escalarla; más precisamente, lanzar una invasión anfibia o aerotransportada. Nunca dio un centavo por la aceptación de su ‘oferta’ de un cese del fuego condicionado a que Irán entregara su stock de uranio, la prohibición de enriquecerlo para uso pacífico; la destrucción de su arsenal de misiles: la transferencia del control del estrecho de Ormuz al Pentágono estadounidense; y la ruptura de relaciones con el “frente de la resistencia” – Hizbollah y Hamas. Una vía navegable internacional, que Irán pasó a supervisar por razones de defensa contra una guerra no provocada, Trump ofertaba convertirla en un patio trasero del imperialismo norteamericano. Lejos de un proyecto bizarro, el imperialismo trumpista pretende imponer lo mismo con otras vías navegables, como lo anticipa el desalojo del conglomerado chino Hutchinson del canal de Panamá, por una decisión impuesta a la Corte Suprema de ese país. Dicho todo esto, la infraestructura de Irán continuó siendo destruida durante la “tregua” por la aviación israelí, con el soporte de los aviones de reabastecimiento de Estados Unidos. Trump presentó un plan inaceptable con el propósito, precisamente, que no fuera aceptado.
La prensa internacional ha dado a conocer las principales características de las operaciones anfibias y aéreas que ha puesto en movimiento el Pentágono. Constituyen una escalada monumental de la guerra por parte de Estados Unidos e Israel, y una amenaza descomunal para la supervivencia de las fuerzas invasoras. Si se depositaran comandos aerotransportados en la isla de Kharg, a algunos centenares de kilómetros de Ormuz, con el objetivo de destruir la terminal petrolera de Irán, no solamente el precio del petróleo podría llegar a doscientos dólares, como pronostican los especialistas, sino que los invasores podrían ser ‘neutralizados’ por el fuego enemigo desde la costa continental. La alternativa sería ubicar puntos de desembarco en las costas del Golfo Pérsico o del Mar Caspio, apoyadas por una acción destructiva desde el aire. En este caso, Irán y los hutíes de Yemen podrían cerrar el estrecho Bab al-Mandeb, en el noreste de Africa, y cerrar los pasosa los mares Rojo y Aden, y finalmente al canal de Suez. El despliegue de una fuerza invasora terrestre no sería el fin de la guerra sino el inicio de una guerra, probablemente, sin fin. La gran derrota de Trump, presentada como “un error de cálculo”, no es que el imperialismo norteamericano y su lacayo sionista estén perdiendo militarmente una guerra, sino que se han metido en una guerra de enorme alcance que podrían perder políticamente como consecuencia de las crisis sociales y económicas que desate; la oposición abierta o larvada de sus rivales económicos o geopolíticas; una explosión financiera y social en Estados Unidos. Los bloques imperialistas que entrevén esta catástrofe están buscando una rampa de salida. Incluso el vicepresidente J.D. Vance se estaría inclinando por esta variante, según como lo describe The Wall Street Journal. El sábado próximo se anuncian marchas de oposición a la guerra en todo Estados Unidos, con centro en Minneapolis. Las huelgas obreras han crecido en una línea que puede convertirse en exponencial.
La rampa de salida no se encuentra a la vista, porque la guerra desatada contra Irán forma parte de una guerra imperialista mundial. El estado sionista, por lo pronto, continuará la guerra criminal contra Líbano hasta asegurar la anexión del país al sur del río Litani y del sur de Siria y de Cisjordania. No es más una guerra para “hacer grande a Israel” (el gran Israel) sino para desarrollar una red de asociaciones económicas y políticas que se extiende al Mediterráneo oriental y al norte de África. En cuanto a la Unión Europea, no puede gastar su presupuesto en Irán cuando lo necesita para ocupar su ‘espacio vital’, como Hitler denominó a Ucrania y, finalmente, a Rusia. Trump, por su parte, quiere hacer de todo el Caribe un protectorado, al que involucraría a México. Los hilos que aún mantienen viva, en carpa de oxígeno, a la diplomacia y a ciertos acuerdos comerciales se encuentra en un punto de ruptura.
La guerra, como la revolución, es, antes que nada y por, sobre todo, el estallido de todas las contradicciones sociales. La geopolítica sólo describe los intereses particulares de los estados capitales en la disputa desatada por ese estallido. La guerra, para el capital, tiene el propósito de reorganizar, mediante la violencia, la sujeción de la fuerza de trabajo, o sea el proletariado internacional. Por eso mismo, es una partera de revoluciones. El camino para derrotar y aplastar a la guerra imperialista, que es un crimen contra la humanidad, depende enteramente de la unidad internacional de los trabajadores.
