Una “nueva clase trabajadora”, el atajo para un programa antisocialista

Escribe Marcelo Ramal

Tiempo de lectura: 10 minutos

En anteriores entregas, comenzando el 27/05/2026, otra el 28/05/2026, luego el 30/05/2026 y por último la de fecha 31/05/2026, expusimos algunas cuestiones acerca del carácter antisocialista del “Manifiesto” que ha publicado el PTS para apoyar un movimiento de “simpatía” por la candidatura de Myriam Bregman.

Esa campaña se centra en la formación de comités o comisiones “por un partido de la nueva clase trabajadora”. Se trata de un entierro sin ceremonias del FITU, al que no se ha consultado sobre el cambio de ropaje e incluso representaría una invitación a su disolución política. Las encuestas de imagen de potenciales candidatos para 2027 han zanjado una larga disputa faccional, donde el mérito se lo llevan las encuestadoras. Es claro que, a la luz de este nuevo escenario, las peleas faccionales en el FITU nunca han girado más que en torno a peleas por candidaturas; los principios y programas siempre estuvieron relegados por el arribismo. Es probable que la exposición que el Manifiesto hace del asunto de ‘la nueva clase’ no tenga otra intención que encubrir una última operación faccional.

El Manifiesto advierte acerca de la existencia de una “nueva clase trabajadora”, como un resultado de las “divisiones que hemos sufrido en las últimas décadas”, entre “formales, informales y desocupados”. A pesar del aserto no existe ninguna evidencia acerca de una disidencia o división entre esos tres sectores. En otro lugar, esa ‘división’ es presentada desde otro ángulo: trabajadoras de la salud, docentes, estatales, obreros industriales, jóvenes precarizados, repartidores de apps, trabajadores de comercio, científicos que venden su fuerza de trabajo, artistas proletarizados, estudiantes que trabajan, mujeres que sostienen dobles y triples jornadas, migrantes, sectores ambientalistas y de derechos humanos que chocan todos los días con este régimen social”. La división se queda corta, por un lado, porque no incluye a camioneros, aeropuertarios, pilotos y asistentes de pasajeros, a portuarios, obreros calificados y no calificados. Por otro lado, se excede, porque no logramos ver que un ambientalista sea “un nuevo trabajador” en lugar de un trabajador de distinto tipo que lucha por derechos ambientales o que participa de movimientos de derechos humanos. Frente a quienes son francamente “patrones”, se describe una masa de sectores intermedios entre la burguesía y el proletariado. Leon Trotsky dedicó, en los años 30 del siglo pasado, un pequeño libro a estos sectores, que ya estarían cumpliendo los cien años. La editorial CEIP probablemente ya haya publicado “El Pensamiento Vivo de Carlos Marx”, que lanzara la editorial Losada. Trotsky, como el lector se puede imaginar, no utilizó la categoría “clase trabajadora” sino que analizó las relaciones del proletariado con los diferentes sectores asalariados. Obviamente, la expresión inglesa “working class” complica las cosas, porque puede ser traducida como clase obrera (de la industria, el transporte y el comercio) o clase trabajadora, aunque en inglés se acostumbra a usar la expresión “labor” o “labour class” para esta última. La operación del “Manifiesto” de la “simpatía” consiste en opacar o suprimir al proletariado como el sujeto histórico de la revolución socialista. En la versión sociológica del Manifiesto, un campesino sería parte de la clase trabajadora, de modo que la consigna bolchevique “gobierno obrero-campesino” caería en el ridículo y, peor aún, la sobrerrepresentación de los obreros industriales en los soviets respecto a los campesinos en el Congreso nacional (pan-ruso) de los Soviets.

La muletilla de “una nueva clase” ha sido repetida por el centroizquierdismo del mundo entero en el último medio siglo, de modo que el Manifiesto es copia, no el original. Habrá que echar mano, entonces, de todos los que “chocan todos los días con este régimen social” (sic). La lista es innumerable, porque el capitalismo se abre paso a fuerza de choques y contradicciones, incluso y muy acentuadamente entre sus propios personeros. Otra cosa, naturalmente, es la clase social que, por el lugar que ocupa en la organización social de la producción, se encuentra en posición de antagonismo irreconciliable con el capital. Estamos obligados a admitir, sin embargo, que este lenguaje político no despierta simpatías electorales, aunque tenga un carácter muy formativo para la comprensión de lo más avanzado de la clase obrera. “Clase trabajadora” no es tampoco la última palabra del revisionismo de pseudoizquierda, porque la “onda” son los “laburantes”. Curiosamente, en la lista de trabajadores de la “nueva clase” no figuran los piqueteros que “chocaron contra este régimen social” a todo lo largo de 2001-02. Un viejo encono de los ‘Manifestistas”

Mayoría de la sociedad

Volviendo a la clase obrera “realmente existente”, ella reviste, de un modo cada vez más intenso, su carácter histórico -el de constituir la mayoría de la sociedad (o su larga primera minoría) y de tratarse de una clase social desposeída, sin otra mercancía que vender que su capacidad de trabajar. El capitalismo no ha cesado de disolver todas las formas particulares o no capitalistas de subsistencia personal, para progresar en la proletarización de la humanidad entera. Pero ha creado también un sector laboral mejor posicionado en cuanto a ingresos, asociado a actividades parasitarias, como las actividades financieras, o el componente civil del aparato militar, o el turismo exclusivo, y todas las labores administrativas asociadas al capital ficticio. En una ciudad como Londres, estos sectores son numéricamente importantes. La nada nueva “clase trabajadora “no solamente opaca las relaciones sociales y políticas con los estamentos intermedios, sino que incluye a la tropa ‘mileísta’ de estos últimos. Son los primeros en alinearse con la reacción fascista.

La clase obrera industrial ha crecido en forma extraordinaria. La cuenta, naturalmente, comienza con la expansión monumental de la clase obrera en China, que representa ya la tercera parte de la fuerza laboral en el mundo, y en el sudeste asiático o en Corea del Sur e Indonesia. Ha perdido peso relativo en Estados Unidos, pero en forma gradual, sin afectar su posición prioritaria frente a los sectores intermedios. Las actividades profesionales, por caso, se han convertido en asalariadas, por ejemplo, en el mundo de la salud, pero no ocupan el mismo lugar médicos y enfermeros o personal de limpieza. Han crecido y se han desarrollado (y privatizado) con el enorme crecimiento de la creación mundial de plusvalía industrial, sin la cual habrían carecido de soporte, modificando el reparto de esa plusvalía entre los capitalistas. La industria digital ha creado una ‘aristocracia’ muy restringida, y modificado y potenciado el desarrollo de la productividad industrial – su mercado. En la medida en que ese desarrollo del trabajo asalariado se extiende a distintas actividades, crece la tendencia a la sindicalización y a la organización. La adopción de los métodos históricos de lucha del proletariado, por parte de los trabajadores de los servicios, hace crecer el potencial histórico del proletariado como clase. La versión de la “nueva clase trabajadora” apunta en la dirección opuesta, pues procura ser receptora de ‘nuevas necesidades’ y promotora de un ‘pluralismo’ de objetivos que van en el sentido contrario de una lucha socialista por el poder. En 25 páginas de texto, el vocablo socialismo no aparece ni una vez. El objetivo expreso del Manifiesto es disipar cualquier duda del elector medio de que la candidata al frente de la simpatía no tiene el menor propósito de luchar por un gobierno de una clase obrera socialista.

El capitalismo vive de la succión del trabajo ajeno: la consigna de la hora en el campo capitalista es la ‘reindustrialización’ mediante aranceles a las importaciones, reducciones impositivas y subsidios a toda prueba. Esto no contradice a la prioridad por la IA sino al contrario, a abrirle un mercado mediante la reorganización de la industria y, como destino, su robotización. La “decadencia capitalista” no consiste en el retorno de la producción en masa a la producción individual, sea de obreros o “trabajadores” genéricos, ni repartidores en bicicleta. La decadencia del capital se manifiesta en una tendencia imparable a una oligarquía financiera que compromete con estallidos violentos de crisis y guerras internacionales todo desarrollo de fuerzas productivas. Es la disolución del capital como capital ficticio, cuyo reclamo sobre el producto mundial real es cien o mil veces mayor a la productividad real. SpaceX pretende cotizar en Bolsa a dos billones de dólares, incluso sin producir mayores ganancias, como parte de una expectativa de rendimientos, pero sin ganancias efectivas.

Los “ejemplos” que suelen citarse para exponer a la “nueva” clase trabajadora, como los trabajadores de aplicación, han encontrado un apoyo ‘intelectual’ en Javier Miliei, cuya reglamentación de la contrarreforma laboral les prohibe la sindicalización. Una acción reivindicativa de los trabajadores de Rappi llevaría a una caída de la tasa de beneficio de las “aplicaciones”, y del comercio gastronómico, como ocurre en cualquier industria o comercio. El “Manifiesto” parece caracterizar a las “aplicaciones” como un salto en el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, de otro modo no se entiende que apueste por el desarrollo de esta forma de trabajo o gestión, haciendo abstracción del potenciamiento que ofrece al capital parasitario por excelencia – el capital monetario, bancario, bursatil y financiero. El “Manifiesto” ha borrado las categorías de clase obrera o el proletariado. La “nueva” clase es “trabajadora”, un concepto difuso que borra las fronteras entre el trabajo asalariado y el trabajo “en general”, que incluye al productor independiente y también al patrón, cuando “trabaja” en la gestión de los negocios capitalistas. De este modo, la “nueva” clase deja la puerta abierta a un frente de colaboración de clases con el pretexto de las diferentes formas sociales del “trabajo”. El “partido de los trabajadores”, entendido como la unidad política de esta amalgama, se identifica con el “partido obrero y campesino’, duramente denunciado por León Trotsky.

Atomización social y unidad política

En tren de contraponer al “Manifiesto” con los programas del movimiento obrero, es interesante comparar a la presentación de esta supuesta y “nueva” clase obrera con la que formula el Manifiesto Comunista: “Al principio son obreros aislados; (…) los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la concurrencia”. Sin embargo, destaca más adelante: “la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado”. El capitalismo “unifica” socialmente a la clase obrera, y prepara las condiciones de su unificación política sobre la base de la propaganda y agitación socialistas. Todo el Manifiesto Comunista apunta a esta homogeneización, por encima de las “categorías y diferencias”.

El Manifiesto petesiano, en cambio, rezuma la tesis de una fragmentación creciente de la clase obrera, con destinos divergentes: una organizada, otra, “fatalmente” atomizada bajo el infierno de las aplicaciones digitales. El capital procura nivelar la remuneración del trabajo industrial al de las “aplicaciones”, con lo que provoca dos movimientos: uno, de los trabajadores ‘app’ a reclamar los beneficios de las contribuciones patronales a la seguridad social; otro, de los obreros de la gran industria, a combatir los ritmos y el alargamiento de la jornada de trabajo y la precariedad laboral. La convergencia de intereses de la clase obrera se hace cada vez más intensa, así como el antagonismo irreconciliable con el capital. El “Manifiesto” ha comprado la versión de Milei, y quiere unificar la versión atomizada del proletariado en el terreno indiferenciado de la compulsa electoral.

A Marx no se le escaparon ninguna de las divisiones técnicas o territoriales que podían escindir a la clase obrera. Pero destacaba, por sobre todas las cosas, su dependencia recíproca creciente frente al poderío de la gran industria y el capital.

La tesis de una clase “trabajadora” “nueva” y “fragmentada” es un invento del centroizquierdismo internacional y de las burocracias sindicales de toda laya: apunta a justificar su negativa a organizar al trabajador de la App o a cualquier precarizado. Pero tampoco los burócratas son originales en este punto: la especie de un “nuevo” trabajador baja desde las usinas del gran capital, que en todo el mundo redacta contrarreformas laborales dirigidas a negar, por igual, los derechos laborales a aquellas franjas laborales falsamente caracterizadas como “independientes” o cuentapropistas, y aquellas pseudo sindicalizadas en sindicatos de burócratas empresarios. La contrarreforma de Milei le dedicó todo un capitulo a esa “nueva” clase trabajadora, asignándole como destino el monotributo (para el cual, además, el FMI exige ahora un tarifazo).

El “moderno” Manifiesto no prevé, en sus reivindicaciones, un programa para la organización del precarizado digital como proletario. Por caso, el derecho a la desconexión, la cobertura previsional y sanitaria a cargo de la patronal, y otras. Para esa “nueva” clase, el “Manifiesto” de la “simpatía” sólo admite una organización “política” (electoral) en apoyo a los comités de base por la candidatura de Bregman. El método Bregman 2027 se asemeja al de Milei 2023, en cuanto a una candidatura solitaria que emerge contra una ‘casta’ en apariencia diferente.

Desocupados

En la larguísima lista de “nuevos trabajadores” no figura una porción fundamental de la clase obrera, nueva o vieja -los desocupados. El PTS, justamente, se abstuvo de intervenir en la mayor movilización política de precarizados y desocupados de la historia reciente, la que dio origen al movimiento piquetero a fines de los años 90. Por esa misma razón, los supuestos auspiciantes del “Cordobazo del siglo XXI” menospreciaron al único “Cordobazo” que, al menos hasta ahora, ha tenido lugar en este siglo -el Argentinazo de 2001. Decían que la clase obrera “industrial” había sido confinada a un lugar subordinado. Otra vez, fragmentaron a la clase obrera con el libreto del centroizquierdismo político y sindical: el desocupado sería un “excluido” o marginado del proceso de explotación social, a quien solo le cabe el estipendio asistencial o el cuentapropismo.

Al sacar de la galera a una “nueva clase”, el PTS se mete en camisa de fuerza de once varas. Ocurre que, al tratarse de una fuerza social diferente o “nueva”, debería explicitar cuál es su programa y su perspectiva histórica. La de la clase obrera “de antes”, era el socialismo y el comunismo. Aunque no lo dice explícitamente, esa vuelta de hoja del socialismo y el comunismo, es lo que respira todo el Manifiesto: en vez de internacionalismo, autarquía económica y nacionalismo; en vez de socialismo, redistribucionismo; en vez de un partido obrero de la IV Internacional, un “movimiento” político de fronteras difusas.

Pero ojo al piojo: el Manifiesto llama a todo el mundo a disolverse en el partido de la nueva clase, pero no a que lo haga el PTS. Es un ‘nuevo’ partido, movimientista, cuyos hilos los maneja un aparato. En caso de que resista esa cooptación y se convierta en un “partido de tendencias”, durará lo que un suspiro. Este nivel de corrupción ideológica y de manipulación organizativa no debe producir la menor “simpatía”.

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