La CELAC en un continente explosivo

Escribe Jorge Altamira

Y una guerra mundial en desarrollo

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La Comunidad Latinoamericana y del Caribe (CELAC) fue concebida hace tres décadas para hacer un contrapeso a la Organización de Estados Americanos (OEA). Forma parte de la retórica de la Patria Grande, que denuncia a la OEA como el "ministerio de colonias" de Estados Unidos, sin dejar de formar parte de ella. Integra una amplia constelación de agrupamientos regionales, en el marco de la ONU y fuera de ella, para moderar las crisis internacionales cada vez más intensas que ocasiona la declinación y la agresividad del capital financiero internacional y de los Estados imperialistas. Al lado de la CELAC conviven la UNASUR, el bloque andino, la Comunidad Centroamericana y el Mercosur. Una novedad poderosa fue la creación del BRICS entre Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, al cual quiere adherir Argentina. Introdujo en la diplomacia latinoamericana a los dos Estados que confrontan con la OTAN la guerra internacional en desarrollo.

El acta de bautismo de este pseudo latinoamericanismo, que no rompe con la OEA, fue la guerra librada por el gobierno de Ronald Reagan contra Nicaragua y contra la insurgencia salvadoreña. La mediación de un grupo de países de América Latina, encabezada por Raúl Alfonsín, puso de manifiesto la declinación de la hegemonía norteamericana en la región, en paralelo al final de las dictaduras militares. El propósito del bloque latinoamericano no fue, de ningún modo, confrontar con Estados Unidos, sino iniciar una ‘normalización’ política que reintegrara a Cuba al orden político de la región. En la CELAC se encuentra Cuba, excluida de la OEA en 1962. Esto da inicio a una larga temporada diplomática para levantar el bloqueo de EE. UU. a Cuba, en la que participaron dos Papas, y en la reapertura de relaciones diplomáticas entre los dos países, bajo el gobierno de Obama.

Los objetivos estratégicos de la CELAC han fracasado en forma notoria e irreversible, pues al bloqueo contra Cuba, nunca levantado por Obama y reforzado por Trump, se han añadido las sanciones a Venezuela, incluida la confiscación de sus reservas de oro, y las sanciones contra Nicaragua. El régimen de Ortega, convertido en modelo ejemplar de la gran empresa y de Estados Unidos en la primera década del siglo, pasó a la condición de paria internacional, a partir del intento de abrir una interconexión entre Atlántico y Pacífico, por medio de inversiones de China y de la feroz confiscación de tierras campesinas que implicaba esa potencial ruta interoceánica. El latinoamericanismo tuvo su momento de fama bajo el gobierno de Hugo Chávez, cuando los precios internacionales de las materias primas agricolas y mineras alcanzaron niveles nunca vistos. La caja resultante fomentó la alianza Chávez-Kirchner-Lula-Correa-Evo-Raúl Castro, que se convirtió con el tiempo en una diplomacia de camarillas. La reversión de esos procesos, uno por uno, dejó en jirones ese nacionalismo continental. El gran proyecto de un gasoducto latinoamericano nunca vio la luz, pero en cambio prosperaron los negociados de infraestructura de la brasileña Odebrecht, impulsados por Lula, el PT y Petrobras bajo el paraguas de la UNASUR. Las enormes estafas denunciadas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos desataron la conocida persecución judicial de sus responsables, que se quejaron de sufrir un “lawfare”. La UNASUR se tomó unas vacaciones sabáticas.

El latinoamericanismo es presentado como una política de autonomía nacional, pero, en primer lugar, dentro de límites muy estrechos; la proyección internacional de ciertas empresas mexicanas o brasileñas ha retrocedido considerablemente. América Latina es una entidad política acogotada por la deuda pública en poder de BlackRock, Pimco, Templeton o Gramercy. El “gran hermano” no es otro que el FMI. De otro lado, el propósito de neutralizar a la Revolución Cubana por vía diplomática y comercial, o sea, abrirla a la inversión extranjera, equivale a hacer de este lado del globo lo hecho en la ex Unión Soviética y China. Lo mismo ocurre con las revoluciones centroamericanas del último cuarto del siglo pasado. Apunta, en definitiva, a borrar la tradición revolucionaria y doblegar políticamente a las masas, para asegurar que sean furgones de cola de las burguesías nacionales. La derecha latinoamericana, a su modo, ha adherido a estos planteos, por eso estará en pleno en la reunión que se inicia el lunes en Buenos Aires.

El escenario de esta reunión está completamente fragmentado. El fracaso político-militar de Bolsonaro, en Brasil; el de Piñera, en Chile, que conoció la mayor rebelión popular de su historia; el del uribismo colombiano, luego de una huelga general intermitente a lo largo de 2020 y, finalmente, el fracaso del golpe bolsonarista en Bolivia, en 2021: todo esto representa una fisura estratégica en el control de América Latina por parte del imperialismo y las burguesías nacionales. El golpe militar que destituyó al peruano Pedro Castillo ha tenido una respuesta diversa de parte del otrora bloque bolivariano. López Obrador, el boliviano Arce, Alberto Fernández y Gustavo Petro denuncian ese golpe y reclaman un salvoconducto para Castillo; Lula, en cambio, saluda la preservación de la continuidad constitucional, o sea, el golpe. El conjunto de los Estados latinoamericanos enfrenta un escenario de default del cual no escapa, en última instancia, Estados Unidos, cuya deuda pública ha crecido exponencialmente como consecuencia de los rescates que ha emprendido para responder a la ola de quiebras en 2008 y la pandemia. Las contradicciones de la CELAC la condenan la inanidad.

La cuestión de la guerra imperialista en Europa es un condicionante decisivo. La jefa del Pentagóno para el Cono Sur, la generala Richardson (conocida de los Fernández), ha declarado, en las vísperas, que China es el enemigo a abatir en América Latina. El mismo Pentágono ha reclamado que el armamento soviético y ruso que se encuentra en los arsenales latinoamericanos, por ejemplo Venezuela, Ecuador, posiblemente Bolivia, sea entregado a Ucrania a cambio de la recepción de armamento norteamericano. China, por el contrario, ha desplazado a Estados Unidos en la macroeconomía de la región. Varios países se han inscripto en el programa de la Ruta de la Seda, incluido el conservador Uruguay. Un acuerdo comercial del Mercosur con la Unión Europea habilitaría a otro rival de Estados Unidos y favorecería la política de China de acuerdos con la UE y especialmente con Alemania. Las burguesías latinoamericanas se encuentran escindidas entre proyanquis y prochinas en forma manifiesta. Es el gran punto de enfrentamiento de López Obrador y Biden. Un retorno republicano al gobierno de Estados Unidos acentuaría estos choques.

La prensa confunde una reunión cruzada por conflictos internacionales y, por lo tanto, condenada a un fracaso, con un encuentro anodino. Estos conflictos parten al gobierno argentino en dos: la embajada norteamericana ha entronizado a Massa en el ministerio de Economía, bajo la tutela del FMI, con el apoyo de las automotrices y Techint, mientras los Fernández alientan inversiones chinas, anuncian el ingreso a la Ruta de la Seda, quieren ingresar en el BRIC y han convertido en préstamo una operación bancaria de pase con el Banco Central de la República Popular China.

La CELAC no reúne condiciones ni capacidad para estabilizar la convulsiva situación latinoamericana. Biden la presiona para que repita la formación de una fuerza militar para ‘pacificar’ la explosiva situación de Haití, como lo había logrado Clinton en el pasado, para poner fin al gobierno popular de Arístide. De esa Minustah salieron el bolsonarista Augusto Heleno, comandante en jefe, y el recién designado comandante del Ejército brasileño, general Fava. Se trata de una política para devolver a las Fuerzas Armadas la capacidad de arbitraje frente a situaciones revolucionarias. Frente a esta incuestionable crisis geopolítica de régimen, la acumulación de fuerzas revolucionarias procede con lentitud. Esto ofrece espacios para transiciones políticas contradictorias. Las bases de la conciliación de clases, ya sea ‘democrática’ o ‘nacionalista’, se desintegran sin retorno.

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