Benegas Lynch retrata la descomposición capitalista en educación y trabajo infantil

Escribe Emiliano Fabris

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El diputado libertario Alberto “Bertie” Benegas Lynch afirmó en una radio que “no cree en la obligatoriedad de la educación” y en su justificación señaló que “La libertad también es que si no querés mandar a tu hijo al colegio porque lo necesitás en la estancia o el taller, puedas hacerlo”. Lynch sabe de lo que habla porque en los viñedos de su familia se han presentado denuncias por explotación y esclavismo. También se hizo conocido anteriormente por afirmar que “las ballenas y los elefantes se estaban extinguiendo porque no tenían un propietario como las vacas y las gallinas”.

En la Argentina, el trabajo infantil está prohibido por la Ley 26.390. La reivindicación del trabajo infantil de Lynch ha despertado encendidas críticas en el propio seno del gobierno, comenzando por la ministra Pettovello y por el presidente Milei que las tildó de “desafortunadas”. Bien mirado, Milei no está en desacuerdo con la afirmación, sino que le espeta al diputado una desorientación de tiempo y espacio, porque además lo criticó por haberse prestado a una entrevista con una periodista que “juega para destruir”. Lo de Lynch tampoco es un exabrupto, cuando Milei ha calificado a todo el sistema educativo como una “lavadora de cerebros” y a los docentes como “adoctrinadores” compulsivos.

En efecto, la meneada “libertad” de la banda gobernante es retrotraernos a los albores del capitalismo del siglo XIX, cuando los capitalistas se valieron de niños para la manipulación de máquinas sofisticadas cuya operatoria ya no requería de una gran calificación y tampoco de fuerza física. Luego, la incorporación de mujeres y niños a la masa de la fuerza de trabajo sirvió también para degradar el salario, por un incremento de trabajadores disponibles para un mismo empleo y porque ahora toda la familia podía contar con un ingreso.

Sin embargo, esta degradación intelectual obligó por aquel entonces al Parlamento inglés a sancionar la obligatoriedad de la enseñanza de los niños menores a 14 años, si se los pretendía contratar. Hace más de 200 años, la burguesía misma –la clase dominante de nuestra sociedad- comenzaba a reaccionar ante su propia barbarie para luego volver sobre sus propios pasos en peores condiciones. Fue el propio desenvolvimiento del capitalismo el que presionó para una instrucción masiva de la clase obrera, a fin de adecuarla a las condiciones productivas ‘modernas’: veneración del trabajo miserable, sacrificado, respeto a la propiedad, obediencia irreflexiva a mandos superiores, el carácter memorístico de la instrucción, etc. Para ello se implementó un sistema educativo estatal y su “obligatoriedad y gratuidad” en principio en detrimento del clero, quien dominaba con exclusividad la instrucción académica. Esta instrucción pública desde el vamos supuso brindar acceso al proletariado sólo a los rudimentos de la lectura y la escritura, preservando la formación superior para otras clases sociales.

La obligatoriedad escolar de la cual no ‘cree’ Benegas Lynch nunca fue un hecho universal en la Argentina, a pesar de haberse establecido hace más de un centenar de años por Julio Argentino Roca, un prócer de Lynch. Según el INDEC, en el 2023 el 10 % de los niños y niñas de 5 a 15 años de todo el país realizaban al menos una actividad productiva. A su vez, el 31,9 % de los adolescentes de 16 y 17 años trabajaba. La deserción escolar por razones laborales es palpable en todo el sistema educativo, ante la infeliz mirada de todas las burocracias sindicales. Es tan extendido el trabajo infantil que la Organización Internacional del Trabajo para la Argentina implementó una campaña con el lema “Prestá atención. El trabajo infantil pasa cerca tuyo”. El lema del nefasto Lynch sería “libertad para el trabajo infantil”.

Fue la propia clase capitalista la que finalmente fue abortando la educación pública y gratuita para convertirla en un nuevo coto mercantil y con nuevas concesiones al clero. Las reivindicaciones de Lynch y los devaneos libertarios retratan la incapacidad histórica de una clase social y todos sus partidos por universalizar en la sociedad el conjunto de conocimientos acumulados por la humanidad y, por el contrario, ser la responsable de una crisis educativa inusitada. La degeneración social de pretender valerse de un niño para el lucro privado.

La clase obrera, de la cual forma parte la docencia, por su parte, defendió con sacrificadas luchas este derecho que convirtió en propio e incluso buscó extender mediante el laicismo, la gratuidad y acceso irrestricto en todos los niveles. Es la tarea a desenvolver con la mayor de las energías contra los Lynch y todas las miserias del capitalismo.

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