Escribe Marcelo Ramal
Milei y los “otros” le otorgan a Trump el derecho a intervenir el continente.
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La firma del “Escudo de las Américas”, el tratado que Trump suscribió con una decena de presidentes derechistas del continente, es un acto colonial de inusitada gravedad. Con el pretexto de “combatir al narcoterrorismo”, Trump acaba de conquistar el derecho a la intervención política o militar de cualquier país del continente. El “narcoterrorismo” es la coartada desarrollada por el imperialismo para legalizar el espionaje, las agresiones comerciales y el golpismo en América Latina. Recientemente, la cuestión “narco” justificó el asalto a Venezuela y el secuestro del presidente Maduro. Ya consumada la “extracción” de Maduro del país, la fiscalía de Estados Unidos no pudo sostener la principal acusación contra él, como jefe de un “cartel” inexistente.
El “Escudo de las Américas” contempla la oferta de Trump de utilizar “fuerza militar letal” en los países que suscribieron el tratado. En relación a la población inmigrante, se acordó extender la política persecutoria de Trump y el ICE a todos los países; y, a la vez, el compromiso de los firmantes a receptar los expulsados de los Estados Unidos. Pero la única forma de conciliar una y otra cuestión -recibir migrantes y a la vez criminalizarlos- es instalar en los países del “Escudo” campamentos de tránsito, hasta deportarlos a sus países. El ICE se extiende a buena parte de América del Sur.
Sin decirlo, estos compromisos leoninos le otorgan al gobierno de Trump la posibilidad de intervenir abiertamente al interior de los países firmantes, allí donde se considere que sus términos están siendo incumplidos. Es lo que el imperialismo norteamericano intenta sobre los tres grandes países que no fueron parte del acuerdo -México, Brasil y Colombia. Sus tres gobiernos han coincidido en intentar apaciguar a Trump con concesiones, en la expectativa -frustrada- de evitar una intervención política o militar. Pero en México, la CIA y Trump han establecido un entendimiento directo con las Fuerzas Armadas, más allá de los remilgos de la presidenta Sheimbaun. En nombre de combatir a carteles que han sido declarados “transnacionales” por Trump y Rubio, la militarización del país avanza sin pausa. En Brasil, Trump y el bolsonarismo se complotaron para organizar un verdadero golpe de Estado, agenciándose a las brigadas represivas de Río de Janeiro para consumar una masacre en sus favelas. En Colombia, el centroizquierdista Petro convalidó ante Trump el Protectorado impuesto por éste a Venezuela, sin conseguir por ello frenar la injerencia trumpista sobre las próximas elecciones presidenciales en el país. A la firma del “Escudo” con los incondicionales de Trump, no fue invitada Delcy Rodríguez. Ello significa que el chavismo residual continúa en capilla, y deberá redoblar sus concesiones económicas al imperialismo para seguir en carrera.
A las pocas horas de subirse al “Escudo”, Milei se declaró “en guerra” con Irán, tratando de superar en genuflexión a la banda de obsecuentes -Bukele, Kast, Peña, Novoa- que pactaron con Trump. Los paseos de Milei por Estados Unidos tienen su explicación, porque la conmoción económica producida por el agravamiento de la guerra internacional es un certificado de defunción para las bicicletas financieras que sostienen al programa económico de Caputo y Milei. La suba del precio del petróleo adelanta una disparada inflacionaria que sólo comienza por los combustibles, pero que se trasladará al transporte, a los fertilizantes agrícolas que utilizan gas como materia prima y, por lo tanto, a los alimentos. La inflación “controlada” -que ya no lo era- amenaza ahora con desmadrarse. Del lado del capital financiero, una suba de la tasa de interés internacional -a la que Estados Unidos deberá recurrir para frenar su propia inflación- augura una salida de los capitales especulativos que, a falta de préstamos de mayor alcance, sostienen la seudoestabilidad cambiaria del gobierno libertario. La presión devaluatoria e inflacionaria convierte en intolerables las pautas salariales del 1% mensual, como lo demuestran las huelgas docentes, la que se viene de los profesores universitarios y el estallido de reclamos en los aparatos policiales de las provincias. La crisis industrial no solo se ha cargado con 300.000 puestos de trabajo perdidos en dos años: amenaza los precarios acuerdos con el FMI, pues la recaudación fiscal es, en términos reales, la más baja de los últimos trece años. Los índices de “aprobación y confianza” en el gobierno que miden los encuestólogos vuelven a temblequear.
En este cuadro, Milei no solo se conchaba con Trump por razones económicas. Quiere el apoyo del pederasta norteamericano para blindar a un posible régimen de excepción en Argentina, que a la vez podría replicar al que diseña Trump en su propio país. Algunos observadores señalan que Trump podría suspender las elecciones de medio término, que ve perdidosas para él, con el pretexto de la ´conmoción´ producida por la guerra. Milei, en su discurso ante la Asamblea Legislativa, prometió cambiar “la arquitectura legal” de Argentina. El primer paso podría consistir en legalizar un régimen electoral proscriptivo. El garante último de ese régimen de excepción serían las Fuerzas Armadas, a quienes Milei ha incorporado al gabinete nacional.
Lo único más escandaloso que la conversión de Argentina en Protectorado de Trump, es el sonoro silencio de los “nacionales y populares” de toda laya, frente a la guerra criminal contra Irán y frente a los acuerdos coloniales de Milei. De Cristina Kirchner a Kicillof, de Jalil a Jaldo, de Furlán a Moyano, el aparato político y sindical del peronismo espera a sobrevivir de las migajas que le arrojen los jefes de la guerra internacional, participando de la expoliación minera y petrolera de las provincias.
La movilización contra la guerra imperialista está a la orden del día en Argentina, y es, en primer lugar, la denuncia y la lucha contra el gobierno de Milei, que ha conchabado al país como una dependencia de retaguardia de la escalada belicista de Trump. Es muy claro que la jornada del próximo 24 de marzo, que evocará los 50 años del golpe genocida, debe ser la ocasión de una movilización de centenares de miles. Es una oportunidad para llevar a la calle la lucha contra la guerra imperialista; por la derrota en todos los planos a los padrinos de Milei, Trump y Netanyahu, que son los Videla de nuestro tiempo. Para que esa movilización le abra un rumbo a los trabajadores, es necesario marcar a fuego a los socios “nacionales y populares” del títere colonial de Trump.
