Escribe Aldana González
La guerra por el control del mar Rojo comenzó hace tiempo.
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El líder de los hutíes, presidente del Consejo Político Supremo de Yemen, Mahdi al-Mashat, reafirmó el miércoles su apoyo incondicional a Irán y advirtió a los Estados árabes que no se conviertan en “instrumentos” de Israel y Estados Unidos. Específicamente, le planteó a Arabia Saudita que, si cede ante las presiones e interviene militarmente contra Irán, ellos, los hutíes, procederán a cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb.
Este estrecho conecta el mar Rojo con el océano Índico; es decir, es un paso obligado para los barcos que viajan desde el mar Mediterráneo, a través del canal de Suez, hacia Asia, y viceversa. Además de cortar el paso desde Europa hacia el océano Índico, el cierre de este estrecho -en conjunto con el de Ormuz- dejaría sin vías marítimas a Arabia Saudita e Israel.
Los hutíes controlan el norte y el oeste de Yemen, donde se concentra la mayor parte de la población del país. Yemen es el país más pobre del mundo árabe y se encuentra en guerra civil desde hace más de diez años, cuando, en el marco de la Primavera Árabe, cayó una dictadura que llevaba treinta años en el poder.
En 2015, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos encabezaron una coalición militar que intervino directamente en Yemen con el objetivo declarado de restituir al gobierno de Hadi -quien había sido candidato único en las elecciones y vicepresidente del gobierno de facto anterior-, muy endeble y expulsado por los hutíes -zaydíes chiitas-, que protagonizaron las protestas y tomaron la capital. Para las monarquías árabes fue crucial aplastar cualquier levantamiento que pudiera extenderse a sus países. Con la intervención, el conflicto escaló hasta convertirse en una catástrofe humanitaria, catalogada por Naciones Unidas como una de las peores del mundo contemporáneo.
Se estima que más de 377.000 personas murieron como consecuencia directa o indirecta de la guerra, por causas como el hambre y el colapso total del sistema de salud. El país sufrió el mayor brote de cólera registrado en la historia moderna. A esto se sumó el desplazamiento forzado de más de cuatro millones de personas dentro del propio territorio y la destrucción masiva de infraestructura básica, como hospitales, escuelas, puertos y redes de agua y electricidad.
Esto se debió a los bloqueos marítimos y aéreos, principalmente impulsados por Arabia Saudita, que restringieron durante años la entrada de alimentos, combustible y medicamentos. Los bombardeos afectaron de manera reiterada a zonas civiles, y la fragmentación del país multiplicó la violencia, con distintos actores controlando partes del territorio: los hutíes en el norte y el oeste; el gobierno reconocido internacionalmente, en áreas limitadas; milicias separatistas respaldadas por Emiratos en el sur; y la presencia de grupos yihadistas como Al Qaeda y el Estado Islámico.
Desde 2022 se registran treguas intermitentes y una reducción relativa de los enfrentamientos más intensos, pero no se ha alcanzado un acuerdo de paz definitivo.
Hoy, la parte más estable es el norte y el oeste del país, controlados por los hutíes, quienes cuentan con apoyo y financiamiento iraní y detentan una de las mayores flotas de drones del mundo. Con estos drones no solo han repelido al ejército de mercenarios de Arabia Saudita y de Emiratos, sino que también han hostigado a la flota norteamericana, para la cual derribar cada uno de esos drones, relativamente baratos, implica un gasto millonario en sistemas de defensa. Así, los hutíes de Yemen han sido el único pueblo que se ha levantado en armas contra el genocidio palestino.
El año pasado, Estados Unidos bombardeó territorio yemení para obligar a los hutíes a firmar una tregua con el fin de que dejaran de atacar sus buques comerciales y militares.
Arabia Saudita también puso en pausa el hostigamiento contra los hutíes para centrarse en su enfrentamiento con Emiratos Árabes Unidos por el control del mar Rojo. Emiratos funciona como un brazo del sionismo, siendo uno de los pocos países que firmaron los Acuerdos de Abraham.
Además de los hutíes, en Yemen se encuentran el gobierno reconocido internacionalmente -que impulsa la unificación de todo el territorio y es sostenido por Arabia Saudita- y grupos secesionistas del sur, financiados por Emiratos. Es justamente en esta parte de Yemen, el sur, donde se encuentra el estrecho de Bab el-Mandeb.
Lo que le interesaba a Emiratos era el control del paso, y Arabia Saudita logró finalmente, en febrero, expulsar a Emiratos y a los separatistas de la región.
Desde el año pasado se produjo un cambio de realineamientos: entre los hutíes o Emiratos, Arabia Saudita priorizó expulsar al ariete de Israel de la zona antes que a los partidarios de Irán.
Otro eje de la disputa fue el reconocimiento por parte de Israel del separatismo de Somalilandia, con la intermediación de Emiratos. Israel le habría prometido el reconocimiento a Somalilandia a cambio de utilizar su territorio como base militar. Somalilandia se encuentra del otro lado del estrecho, a la salida del mar Rojo hacia el océano Índico, en el Cuerno de África. Somalia, que reclama la integridad de ese territorio como parte de su país, está siendo respaldada financieramente por Arabia Saudita y Turquía, que han intentado quitarle el control a Emiratos del puerto de Berbera (ubicado en Somalilandia). Con el auspicio de turcos y saudíes, Somalia también rompió los acuerdos de seguridad previos que tenía con Emiratos.
El tercer gran eje de disputa es la guerra en Sudán, donde Arabia Saudita, junto a Turquía, financia al gobierno sudanés contra las Fuerzas de Apoyo Rápido, que cuentan con armas y mercenarios financiados por Emiratos. Sudán lleva tres años de guerra civil, durante los cuales Emiratos se llevó grandes cantidades de oro sudanés -proveniente de minas controladas por esas fuerzas-, con las cuales se construyó toda una ciudad. La importancia de Sudán radica en sus yacimientos de oro, de los más grandes del mundo, pero también en sus costas sobre el mar Rojo. La catástrofe humanitaria continúa, con violaciones masivas, torturas y masacres en aldeas y ciudades.
Arabia Saudita y Turquía -e Irán y Rusia, en menor medida- han realizado un importante esfuerzo financiero y militar, avanzando sobre los territorios controlados por las Fuerzas de Apoyo Rápido. Ante el avance del gobierno sudanés, Emiratos está provocando un foco bélico de mayor amplitud, incorporando a Etiopía. Este país, pese a estar cerca del mar Rojo, carece de salida al mar. Emiratos le ha prometido acceso al puerto de Berbera y financiamiento. Como contraprestación, han resurgido enfrentamientos fronterizos y por el uso del agua del río Nilo Azul, lo que abre otro frente al gobierno sudanés.
Sin embargo, no es una incipiente sensibilidad por los derechos humanos lo que mueve a Erdogan y a la monarquía saudí, sino la posibilidad de perder poder sobre las rutas hacia el océano Índico y que estas queden bajo control de Israel. Por esto, la guerra “de Irán” comenzó mucho antes de que Estados Unidos atacara Teherán.
Turquía es parte de la OTAN y Arabia Saudita es un viejo aliado del imperialismo norteamericano y un cómplice del sionismo, pero las dinámicas de la crisis y de la guerra obligan a reconfigurar las alianzas. China y otros países de Asia se han convertido en importantes socios comerciales, y los intereses del imperialismo norteamericano representan un riesgo más tangible para la estabilidad de esas vías navegables que los drones de los hutíes.
Ambas potencias mantienen bases militares norteamericanas y se abastecen con armas del imperialismo. Sin embargo, funcionarios israelíes ya han señalado a Turquía como un próximo objetivo, debido a la disputa por el control de Siria y por yacimientos de gas en el Mediterráneo. Por eso, especialmente sobre Arabia Saudita, se incrementan las presiones para que intervenga activamente contra los misiles iraníes. Algo a lo que, por ahora, la monarquía saudí se niega, debido a que su infraestructura petrolera está al alcance de esos misiles y a que el imperialismo está escamoteando el suministro de sistemas Patriot. Pero, sobre todo, porque se vería perjudicada si se concretaran los objetivos de Israel y del imperialismo de controlar los pasos marítimos para afectar el comercio con China. Hasta ahora, su condena a Irán no ha pasado de declaraciones formales y rupturas diplomáticas.
Irán denunció que sus drones fueron copiados para realizar ataques de falsa bandera y desconoció muchos de los bombardeos efectuados en países árabes, incluido el de la base militar británica ubicada en Chipre, cuyo objetivo habría sido forzar la intervención de la OTAN en aplicación de su artículo cinco -que obliga a los países miembros a sentir como propio cualquier ataque y actuar en consecuencia-. También ha advertido sobre la intención de Israel de realizar atentados de falsa bandera para involucrar a Europa.
No se trata de un caos, sino de un claro interés del imperialismo y de los gobiernos por resolver sus crisis mediante la expansión de la guerra. Solo la movilización contra la guerra y contra sus gobiernos puede detenerla.
