Escribe Camilo Márquez
Esteban Mercatante y el centrismo ‘orgánico’ del PTS.
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La operación “Furia Épica” lanzada el 28 de febrero por EEUU e Israel contra Irán comprende una ofensiva aérea conjunta masiva. Los objetivos declarados son destruir las capacidades nucleares, misilísticas y navales iraníes, producir un “cambio de régimen” y proceder a una reorganización integral del Medio Oriente en función de la dominación norteamericana y del estado sionista. Cuando se integra a la ocupación de Líbano y Siria por parte del estado sionista y al Cuerno de África; a la guerra de la OTAN y Rusia en Ucrania; a la conversión de América Latina en protectorados (en especial al sometimiento de Cuba a una condición colonial) y al propósito de preparar una guerra contra China (de acuerdo a la Declaración de Seguridad Nacional publicada por Trump, en noviembre último) se diseña claramente el desarrollo de una guerra mundial que está acompañada por guerras comerciales, financieras y territoriales (Groenlandia, anexión de Canadá) incluso entre los ‘aliados’ de la OTAN. Los análisis de las principales usinas del capital van de reservados a sombríos, en especial frente a la inminente invasión de Irán por parte de una expedición de diez mil soldados de Estado Unidos. Una guerra de alcance mundial como la que se encuentra en desarrollo es la expresión de un estallido del conjunto de las contradicciones capitalistas. La guerra mundial comparte esta característica con la revolución, que es también una manifestación de ese estallido histórico. La velocidad con que se ha desarrollado esta guerra, sea desde del 7 de Octubre de 2023, cuando las milicias de Hamas quebraron los cordones de seguridad de Israel, o desde el comienzo de la segunda presidencia de Trump, hace apenas un año, refuerza esta caracterización de conjunto. La guerra y la revolución se han asociado históricamente de un modo recíproco.
No es esta la evaluación que realiza desde las páginas de la Izquierda Diario Esteban Mercatante, encargado de resumir la posición del PTS. Mercatante tampoco improvisa, porque tiene un libro,“El imperialismo en tiempos de desorden mundial”, una compilación de artículos que se remonta al año 2013. El “desorden mundial” es, entonces, una tesis y no un dictamen circunstancial. La compilación no advierte la marcha del imperialismo a una guerra mundial. El PTS es muy cuidadoso con su imagen de sobriedad.
El autor describe el asalto de Trump al Medio Oriente como una “caja de Pandora”, algo así como un rayo en cielo sereno y una verdadera sorpresa. Hace referencia al caos sistémico del imperialismo en declinación, al frágil “intento bonapartista en crisis” y a la esperanza en las protestas en EE.UU. que conectarían la represión interna (ICE, redadas) con la guerra. Esta observación positiva es, sin embargo, un dardo envenenado, porque no denuncia la articulación de este movimiento por parte del partido Demócrata, la pierna izquierda del imperialismo, para que la lucha no adquiera, en Estados Unidos, un carácter revolucionario. Por primera vez en la historia las guerras mundiales son acompañadas por una explosión política de masas en la metrópoli principal del imperialismo.
Mercatante engloba todo esto en la expresión vacía “desorden mundial”, una suerte de péndulo (hacia el ‘orden’) que ha caracterizado, aunque en forma catastrófica, toda la historia del capitalismo imperialista. ‘Siempre que llovió paró’. No es un estallido de todas las contradicciones del capital en su etapa de decadencia o agonizante, sino que podría ser encapsulado como un conflicto entre potencias en declive y potencias emergentes. La referencia al “caos sistémico” es una abstracción vacía, como lo ha sido, hasta hace poco, la tesis de la “crisis orgánica”. Neutral. Mercatante describe la intervención en Irán como un “intento de torcer el tablero” de Medio Oriente, aprovechando que Rusia está atada en Ucrania y China evita el choque directo. El enfoque es en este caso “geopolítico”, pues describe el interés particular de acaparamiento de cada parte de la guerra, pero no la tendencia a la guerra misma como vía de salida del agotamiento histórico del capitalismo. En el corazón de los grandes conflictos históricos, tanto la guerra como la revolución representan algo más profundo que simples enfrentamientos geopolíticos o luchas por poder entre Estados. Mercatante reduce el imperialismo a un “desorden mundial” caótico, casi anárquico, donde Trump actúa como un bonapartista disruptivo que acelera la declinación relativa de EE.UU. frente a China y Rusia. De este entrevero emergerá un nuevo “orden” mundial, sin mencionar la fisonomía que tomará en la fase de declinación del capital. Para muchos, sería un orden más avanzado, que se centraría en una China de industrias. Una victoria de Trump, en cambio, entrañaría una reorganización mundial colonialista y el inicio del asalto a Rusia y China. La teoría del caos no resuelve este teorema; sólo lo resolvería el proletariado internacional en la lucha contra esta guerra contra la humanidad. Simplemente delata una posición conservadora.
Una observación de la situación del momento, muestra un repliegue impotente de los imperialismos y potencias de Europa y Asia frente al avasallamiento del imperialismo norteamericano y el estado sionista. Para los teóricos del imperialismo chino o ruso, este recule alevoso (Xi y Putin acompañaron la resolución de la ONU que responsabiliza de la guerra a Irán) constituye un revés impresionante. El imperialismo norteamericano impone su política desde su condición de verdadero imperialismo mundial. Esto explica la abstención o abstinencia de sus rivales, que temen que una derrota del asalto mundial de Trump represente una desintegración avasalladora del presente ‘orden’ mundial. Es el temor a la revolución, que madurará entre los trabajadores a una velocidad similar a la que ha impulsado el estallido de esta guerra imperialista. Las contradicciones interimperialistas se agudizarán inevitablemente como resultado de esta guerra cuando queden expuestos los “peligros existenciales” que representan para cada una de ellas.
Ambas constituyen el estallido simultáneo de todas las contradicciones sociales acumuladas, la guerra y la revolución operan en un plano distinto al de la mera competencia interestatal. Mientras que cada imperialismo, al asumir la lógica bélica, persigue objetivos concretos -territorios, recursos, influencia-, el elemento subyacente va mucho más allá: se trata de reconfigurar el orden social para someter aún más a las masas. Cada guerra mundial, sin embargo, ha tenido sus peculiaridades: la Segunda Guerra Mundial llevó al primer estado obrero, la URSS, al corazón de Alemania, luego de haber derrotado a la mayor potencia bélica de ese momento, y dio paso a la Revolución China y a los movimientos anticoloniales. El imperialismo debió usar todos sus recursos, más el apoyo de la burocracia stalinista momentáneamente fortalecida, para sostener un período defensivo frente a las masas. En forma parcial o deformada, la revolución salió de las entrañas de la guerra, como había ocurrido, de otro modo, en la primera guerra mundial.
En medio de la escalada bélica en Oriente Medio, las potencias exhiben un entramado de intereses cruzados que revela un realineamiento de fuerzas, no un “caos”, sino, por el contrario, un ‘método’ que ha acentuado las contradicciones imperialistas. La decisión de Washington de levantar temporalmente las sanciones al petróleo ruso (¡e incluso al transportado por Irán en “flotas sombra”!) -para contener la disparada de precios provocada por el conflicto en el estrecho de Ormuz- generó fuertes roces con la Unión Europea. Bruselas, que mantiene su prioridad en la anexión de Ucrania y ha calificado a Rusia como “peligro existencial”, reaccionó con dureza. La alta representante de la UE para política exterior, Kaja Kallas, no dejó lugar a dudas al referirse al conflicto en el Golfo: “Esta no es nuestra guerra”. Lo que en el fondo significa: “nuestra guerra es la de Ucrania”. La UE ve con alarma cómo el alivio de sanciones a Moscú fortalece financieramente a Rusia en pleno conflicto europeo. Algo similar ocurre en el frente chino estadounidense. Pekín buscaba un acuerdo con Trump y tenía prevista una reunión de alto nivel para finales de marzo. Esa cumbre ahora está en duda o postergada. El destino de un quijotesco gobierno G-2, EEUU-China, que vislumbran algunos observadores como Jorge Castro, no ha ido más allá del imaginario. “Las dos superpotencias, en suma, escribe Castro, han acordado resolver en forma conjunta sus respectivas crisis estructurales de alcance global. Y ese camino las obliga a transformar el mundo” (Clarín, 21/3). En otras palabras, el fin del “caos” y del “desorden”.
Mercatante sostiene que Washington “anunció que iniciaba, junto con Israel, una operación con objetivos que desde entonces han ido cambiando”, es decir que el plan de agresión sería inconsistente. No existe, sin embargo, ninguna alteración en los objetivos: el Pentágono se apresta a una incursión terrestre y a una expansión aún más significativa de la guerra. La izquierda democratizante muerde el cebo ‘pacifista’ que le ofrecen los medios de comunicación. Estos son los giros, sin embargo, que transforman la guerra en un enfrentamiento de escala mundial.
Al comienzo de la Segunda Guerra, el conflicto se limitaba esencialmente a un duelo entre Gran Bretaña y Alemania. Estados Unidos y la Unión Soviética permanecían al margen. Todo cambió con dos operaciones sorpresa: el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, que arrastró a Washington al conflicto, y la invasión nazi de la URSS en junio previo. A partir de ahí, lo que eran frentes separados se recombinaron en una sola conflagración. Es a lo que asistimos en este momento. Trump recurrió precisamente a la analogía de Pearl Harbor para justificar su decisión de no advertir a los aliados antes de activar el bombardeo contra Irán. Durante una reunión con la primera ministra japonesa Sanae Takaichi, defendió la “sorpresa” del ataque estadounidense-israelí argumentando: “Queríamos sorpresa. ¿Quién sabe mejor de sorpresa que Japón? ¿Por qué no me avisaron de Pearl Harbor?”. El mensaje implícito es claro: para Trump, esta guerra contra Irán (y contra Cuba, Venezuela, el narcotráfico y las amenazas a Dinamarca -UE- y Canadá) es una operación dirigida también contra los intereses de Europa y Japón, a quienes no consideró necesario informar previamente. La comparación, que generó incomodidad y sorpresa en Tokio, subraya la nueva lógica: la guerra no respeta fronteras ni lealtades.
Los catálogos geopolíticos no son trotskismo: son un neokautskismo. Kautsky vio también en la guerra una interrupción del curso ‘normal’ del capitalismo. Para Lenin marcó “un cambio de época”.
