Escribe Aldana González
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Irán anunció que, para pagar el peaje de tránsito por el estrecho de Ormuz, solo aceptará yuanes. La medida da cuenta de una de las tantas contradicciones que estallan con la guerra.
Estados Unidos ha sostenido su déficit en la balanza comercial financiándose con deuda. En épocas de crisis, sus bonos del Tesoro solían ser requeridos por considerarse un activo refugio. Pero esa seguridad requiere una estabilidad de precios que está estallando con cada infraestructura de hidrocarburos que vuela en esta guerra y con el cierre del estrecho de Ormuz. Con inflación, unos bonos que ofrecen un 4 % de interés dejan de ser rentables para pasar a ser confiscatorios. La seguridad que ofrecía hasta ahora la moneda estadounidense está basada en su predominio global.
En 1971 entró en crisis el sistema de los acuerdos de Bretton Woods, que establecía la convertibilidad del dólar en oro, debido a que Estados Unidos ya financiaba en esa época su déficit comercial mediante la emisión. A partir de entonces se pasó a un sistema de cambios flotantes, pero, para garantizar su hegemonía y la demanda de dólares, Gerald Ford recurrió a un acuerdo con Arabia Saudita -y luego con el resto de la OPEP-, según el cual la monarquía sunita solo aceptaría dólares para vender petróleo y reinvertiría esos ingresos en bonos del Tesoro estadounidense. A cambio, Estados Unidos le garantizaría armamento y seguridad.
En 2024, Arabia Saudita rompió este acuerdo y comenzó a aceptar otras monedas, en virtud de que su principal comprador pasó a ser China, además de otros países de Asia. De esta manera, el dólar perdió una de sus principales fortalezas: la de ser imprescindible para comprar petróleo.
La guerra en Irán acelera este proceso de desdolarización que se está desarrollando en el mundo, no solo porque impulsa un nuevo protagonismo de los "petroyuanes", sino también porque dispara la inflación a niveles en los que los bonos del Tesoro estadounidense dejan de ser rentables. El Deutsche Bank alertó sobre la guerra en Irán como catalizador de este proceso en el último informe brindado a sus accionistas.
El imperialismo es llevado a la guerra para frenar su pérdida de hegemonía y esto agrava las causas que la motivaron.
Las sanciones sobre Rusia, Irán y, anteriormente, Venezuela, también han operado como un factor desdolarizador, en la medida en que obligaron a esos países a operar en mercados paralelos, por fuera del sistema bancario occidental y del dólar. Fueron las sanciones las que empujaron tanto a esos países como a sus compradores a diagramar un sistema comercial alternativo al SWIFT, la red que utilizan los bancos para enviar órdenes de pago entre países.
Las sanciones sirvieron de escarmiento, pero no tanto para disciplinar como para anticipar la búsqueda de alternativas frente a posibles riesgos políticos. Refinerías de India, por ejemplo -un aliado del imperialismo-, comenzaron a liquidar importaciones de crudo ruso en monedas alternativas, como yuanes o dirhams, mediante esquemas financieros que evitan el sistema tradicional en dólares.
Existen varios sistemas paralelos que utilizan monedas locales: el más predominante es el yuan, aunque Rusia también creó un sistema alternativo, e India impulsa pagos internacionales en rupias, para lo cual ha establecido acuerdos bilaterales con varios países. Además, muchos bancos centrales están desarrollando versiones digitales de sus monedas, lo que en un futuro podría permitir pagos sin pasar por SWIFT. Los BRICS utilizan monedas locales para el comercio bilateral y están discutiendo el desarrollo de un sistema alternativo y de una moneda común.
El gran problema es que, para reemplazar al dólar, se necesita un país dispuesto a posicionar su moneda como referencia internacional.
China quiere aumentar el uso mundial del yuan porque eso implica un incremento de sus ventas, pero no quiere asumir los costos que conlleva convertirse en moneda de referencia. Para ello, debería ofrecer mercados financieros muy abiertos y líquidos y atar el yuan a las necesidades del sistema de comercio mundial. Por el contrario, Xi Jinping mantiene fuertes controles de capital: regula cuánto dinero entra y sale del país, evita fugas masivas y devalúa el yuan de acuerdo con sus necesidades de balanza comercial. Esto último es lo que más le envidia Trump. China no puede liberalizar completamente estos mecanismos porque pondría en riesgo la estabilidad de su economía interna. Tampoco pretende hundir al dólar, ya que aún conserva grandes reservas en esa moneda. Por lo tanto, estamos ante una tendencia a la caída de la hegemonía del dólar, pero sin un reemplazo claro a la vista.
Los misiles supersónicos de Irán, además de la cúpula de hierro, están pinchando otras burbujas. Aceleran la caída del predominio del dólar y también ponen en evidencia el carácter ficticio del capital financiero, que no crea riqueza, sino que la confisca. La crisis energética en Asia y Europa pone de manifiesto que la Inteligencia Artificial no puede existir sin energía -es decir, sin recursos tangibles como gas, petróleo, carbón o uranio- y que el control del comercio no pasa por dominar algoritmos, sino por controlar los pasos comerciales y las cadenas de suministro. Sin embargo, Larry Fink señaló esta semana que se debe seguir invirtiendo en el “agujero sin fondo” de la Inteligencia Artificial -aunque ello implique destrucción de capital para parte de esa burguesía-, porque de lo que se trata es de llegar antes que China, sin importar los costos.
Larry Fink también alertó esta semana que un triunfo de Trump sobre Irán sería la panacea para la economía global y que, por el contrario, su derrota significaría una recesión mundial, en un intento de alinear a las masas con los planes de Trump. Mientras tanto, nueve millones de personas le respondieron movilizándose en todo Estados Unidos contra la guerra y la barbarie.
