Un análisis equivocado de Alejandro Crespo acerca de la naturaleza del salario

Escribe Juan Ferro

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Alejandro Crespo, secretario general del SUTNA, afirma en un planteamiento dirigido al conjunto de los trabajadores del neumático, que el salario real que perciben es “sencillamente el valor de nuestra categoría por 183 horas”. A este salario por jornada, dice Crespo, se le agregarán “adicionales que nos corresponden por otros sacrificios”, entre los que enumera las horas nocturnas, el trabajo de fin de semana, las horas extras y los premios por producción, entre otros. Crespo divide el salario en dos partes –uno por “jornada” y otro por “sacrificios”-. Desde el punto de vista de la ley del valor, esta separación es incongruente. El salario es uno solo, porque la fuerza de trabajo no se divide en dos. Lo que ha ocurrido es que una parte importante de la remuneración de la fuerza de trabajo se encuentra cada vez más condicionada, en el contrato de trabajo, a un régimen de flexibilidad laboral con relación al parámetro de las 8 horas de trabajo, arrancada por la clase obrera internacional al Estado capitalista. En la ‘reforma laboral’ que están diseñando los políticos patronales, la remuneración por jornada se achica más (y en algunos casos se suprime) para imponer como norma única la flexibilización laboral, o sea la precarización del trabajo (“el sacrificio”).

El salario, en la industria argentina y en la del neumático, se constituye en un “conformado”. El pago de la categoría respectiva a cada trabajador, en general, representa algo así como el 50 % del salario. Los premios al presentismo, a la producción y las horas extras componen, en líneas generales, el otro 50 % del salario percibido. Constituye una implantación del trabajo a destajo, por pieza o cantidades.

La burocracia sindical es la principal responsable de esta situación –en Toyota, hay premios aberrantes de presentismo “perfecto” de seis meses-. La burocracia también ha aceptado en todos lados los premios a la producción, o sea, la aceleración del ritmo de trabajo, a costa invariablemente de la salud del trabajador y de su inhabilitación o discapacitación prematura. Por eso, la ‘reforma laboral’ impulsa el cese de la indemnización por cesantía y despido y estimula la rotación laboral.

Estos premios ni siquiera tienen un parámetro común en la industria, es decir que no son uniformes. Tiene que ver con las relaciones de fuerza en las empresas. Son convenios de empresa, todavía más leoninos, porque la resistencia obrera se ve debilitada por la división de la clase en unidades productivas separadas. A este trabajo a destajo hay que sumarle las horas extras sin límite. El resultado de esto es que la cantidad de trabajadores ´rotos´ en la industria se ha triplicado desde el menemismo hasta a la fecha. Para evadir el pago del daño causado se han formado las ART. Es necesario defender el salario por jornada de 8 horas, acompañado de la reivindicación de un básico equivalente al costo de la canasta familiar. Es lo primero que establecería un gobierno de trabajadores. La reivindicación de la jornada de seis horas, en la forma que lo hace el FIT-U, es pura demagogia si se admite la prolongación de los horarios de “sacrificios” y la remuneración por esfuerzo o productividad. El planteo equivocado de Crespo explica que el SUTNA reclamara el 200 % sobre el trabajo de fin de semana, en lugar de que ese monto remunerado se traslade al básico y a las categorías. Alargando la jornada y la semana laboral, las patronales se ahorraban de tomar nuevos trabajadores.

En un artículo que escribimos el año pasado alertábamos sobre esta cuestión vital. “Las huelgas históricas del proletariado internacional por las ocho horas -y la huelga internacional del 1° de Mayo- apuntaban a la defensa de un mayor espacio libre para los asalariados. El tema generó una división en el movimiento obrero: los socialistas (marxistas) abogaban por una limitación efectiva de la jornada de trabajo a las ocho horas, mientras que los reformistas reclamaban un beneficio económico del ´sobre tiempo´, relegando la salud y las posibilidades creativas del trabajador”.

Decíamos también que “hoy el cupo de cantidad de horas extras impuesto bajo el Menemismo, por decreto (484/2000), es de 200 horas anuales, pero ninguna empresa lo cumple y, por distintos acuerdos establecidos por la burocracia sindical, hay miles de trabajadores con un régimen de 12 horas diarias. En las paritarias de 1975, en medio de una gran alza de los trabajadores, se buscaba limitar las horas extras a 80 horas anuales y se defendía la creación de nuevos puestos de trabajo. La burocracia sindical no luchó nunca para obstaculizar las extras indiscriminadas, ni para abolir los premios al presentismo y a la producción. Siempre se limitó a reclamar más dinero a costa de la salud de los propios trabajadores”.

La proliferación de las horas extras en la gran industria ha llevado al Estado capitalista a financiar el presupuesto fiscal por medio del impuesto a las ganancias a la cuarta categoría. En muchas empresas, los trabajadores, e incluso algunos sindicatos, boicotean las horas extras para evitar el pago del impuesto.

Crespo afirma que “La paga por sacrificios excepcionales está normada por la ley”. La ley Centeno (LCT), varias veces modificada en contra de los trabajadores, solo establece pequeños adicionales por horas nocturnas. Con las calorías, cuando los trabajadores que trabajan en el frio. Las seis horas en los trabajos insalubres o en las zonas desfavorables. Aun así, deja intocable la flexibilización del horario de trabajo y del ritmo de producción.

El sindicalismo no sólo debe proponerse quebrar “un techo” salarial impuesto por el Estado. Su desafío fundamental es desterrar el acuerdo de producción celular, como el que dejó la burocracia de la CTA en el caso del Neumático. Es necesario que el presentismo deje de ser un factor en esos premios y lograr que, en lugares determinados, se implante un sistema de las seis horas (Bamburi).

La tarea central en la lucha del sindicato es lograr que el ´conformado´ desaparezca y el salario total se concentre a partir del equivalente a la canasta familiar en el mínimo o básico. Es una lucha por el tiempo libre y su extensión infinita, un objetivo del proletariado que se identifica con la misma libertad humana desde el punto de vista estratégico. En la Federación Aceitera, desde hace 10 años están congelados los premios adicionales de producción y presentismo, o son ultramarginales, mientras se percibe un básico igual al costo de la canasta familiar. Esto favorece la salud del trabajador y su futura jubilación.

El ascenso electoral de la derecha pone al rojo vivo la cuestión de la precarización del trabajo, una tendencia inherente al capitalismo, sobre la cual vuelve sin cesar. El planteo de la dolarización apunta centralmente a esta precarización, porque al poner al dólar como el equivalente general inmediato de toda la producción y circulación de las mercancías, exige a la industria local alcanzar los niveles de productividad mundial a costa del incremento de la explotación absoluta del obrero, dado el bajo nivel de la tecnología y el tejido capitalista de Argentina y los países atrasados en general.

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