Milei y la privatización del agua o cuando un burro contamina

Escribe Marcelo Ramal

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Entre las múltiples reuniones y negociaciones que sostiene con todas las fracciones de la "casta" -desde el FMI hasta el pejota, de la patria contratista a lo más encumbrado de la burocracia sindical, Javier Milei encontró tiempo para revisitar el credo del libertarianismo. Como el malabarista chino que está obligado a mantener los platos en permanente movimiento, Milei debe atender a Eurnekian y a Georgieva, de un lado, pero también a la legión de lunáticos que ocupan su día insultando y amenazando por redes al socialismo y a la izquierda.

En este caso, el libertario se las agarró con el agua, sosteniendo que los que la contaminan pueden seguir haciéndolo “todo lo que quieran” en la medida que no se definan “derechos de propiedad” sobre los cauces fluviales. Como loro, el candidato repite lo que escribieron hace más de medio siglo los economistas y abogados de la Universidad de Chicago, que admitían la contaminación ambiental, sonora o visual siempre y cuando se pagaran derechos o resarcimientos sobre ella, al punto de proponer la mercantilización de las emisiones contaminantes. La condición para que se puedan valorar monetariamente esos derechos es la privatización del agua, el suelo o el oxígeno. Los seguidores de Chicago promovieron los “bonos verdes”, un filón financiero que, en el mejor de los casos, alimentó un mercado de deuda a cuenta de futuros –y poco verificables- proyectos ambientales. Y en el peor, sólo contribuyó al cambio de la localización de las emisiones contaminantes. La industria papelera de Brasil ha sido “campeona” en la emisión de "deuda verde", en medio de la desforestación acelerada y la furiosa concentración de tierras.

En el caso que nos ocupa, Milei propone la privatización de los cauces fluviales, sosteniendo que quien sea “propietario”, por ese hecho “dejará de contaminar”. El candidato, a esta altura, ingresa en la condición de burro o de cínico. No sabe u oculta que ese derecho de propiedad solo se ejerce bajo la forma de una concesión, o sea, de un derecho exclusivo de explotación sobre el suelo, el subsuelo o los ríos durante un período de tiempo. Los libertarios inventaron el lema, “el que contamina, paga”. Sus mecenas financieros lo trocaron en: “el que contamina, no paga”. Es lo que ocurre en Argentina con los gigantescos pasivos ambientales de la industria petrolera. En el caso de Repsol como controlante de YPF, y como lo demostró un estudio (“Informe Mosconi) esos pasivos justificaban por sí solos la expropiación sin indemnización de las acciones de la petrolera española, algo que terminó siendo ignorado por otra categoría de 'amigos del capital'- los nacionales y populares de Kicillof y CFK. Lo mismo ocurre con la extracción minera.

La extensión universal de los derechos de propiedad es un intento por superar las barreras que se interponen a la acumulación de capital, en dos planos. Por un lado, el que resulta de la tendencia del propio capital a una socialización del trabajo que choca crecientemente con la propiedad privada. Es lo que ocurre con los llamados “monopolios naturales”, desde las redes ferroviarias, los gasoductos o la actual comunicación digital, que solo admiten una explotación articulada y sin competidores. Por el otro, el monopolio capitalista de los medios de producción pretende extenderse al conjunto del medio natural. Por lo pronto, la depredación del aire o del agua por parte del capital ha sometido a la humanidad a la penuria y a la escasez allí donde ella no existía. En el plano del aire puro, los ríos o bosques, hemos pasado del reino de la libertad al de la necesidad. El libertarianismo pretende legalizar esta restricción, que muestra hasta qué punto el régimen social capitalista se encuentra transitando por su decadencia definitiva.

Las afirmaciones de Milei han despertado el escándalo de los miembros de la oposición devenidos circunstancialmente al ambientalismo, por un puñado de votos. Los supuestos defensores del agua, sin embargo, ocultan el desquicio que sacude a la Argentina como resultado de las zonas liberadas a la contaminación industrial y a causa de las efluentes de los hogares- en el país, el 58% de las familias carece de cloacas. La miseria social ha liquidado el acceso libre y gratuito al agua. Los que cruzan a Milei han habilitado al filón capitalista del agua en bidón, al que deben concurrir cada vez más familias para gambetear a las bacterias y el arsénico.

El libertario es un apóstol de la decadencia del capital, que han protagonizado sus mentores, sean estos liberales o “nac & pop”. La pretensión de superar esa decadencia forzando el motor del capital más allá de sus posibilidades históricas –en eso consiste la privatización de la naturaleza- sólo puede conducir a la barbarie. La respuesta a los Milei es la contraria, es decir, la expropiación del capital y una reorganización social que concilie a los grandes patrimonios sociales existentes –la socialización del trabajo y la naturaleza- con las necesidades de la humanidad.

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