Una disección del “programa de gobierno” del PO (O)-MST

Escribe Emiliano Fabris

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El frente del PO oficial-MST presentó su “programa de gobierno”. En una larga exposición, en una sala de teatro porteño, los presentadores recordaron que ese programa había sido votado en un plenario conjunto de ambos partidos, aunque esto pasó inadvertido luego por los expositores pues no hicieron referencia alguna al desarrollo del plenario, a sus debates, si los hubo, o a sus conclusiones. La coincidencia programática y metodológica entre ambos partidos, si se la toma en serio, anuncia una ruptura del FIT-U, que ahora estaría dividido entre dos “programas de gobierno”. Dadas las divergencias sistemáticas que mantuvieron durante décadas el Partido Obrero y el MST, el anuncio de esta unidad de programas y principios es toda una ‘hazaña’, es decir una parodia.

El programa de gobierno equivale a lo que en la literatura marxista se conoce como “programa máximo”. De lo contrario sería algo diferente: un planteo de gobierno bajo el actual régimen social y el régimen constitucional vigente. En la exposición, Gabriel Solano acotó más el asunto, al decir que la función de ese programa es mostrar que el bloque en cuestión “sabe cómo gobernar”. Para esto, claro, todavía debe ganar las PASO del FIT-U, lo cual es altamente improbable, no solamente por lo que muestran las encuestas. Antes de demostrar que “saben cómo gobernar”, Solano y Ripoll deberán probar que ´saben´ cómo ganarle al PTS. Estamos, por cierto, simplemente ante una fanfarronada, porque el bloque en cuestión no sabe siquiera cómo ejercer una función parlamentaria, no digamos legislar. Solano, por lo pronto, votó junto a Myriam Bregman, el macrismo y el kirchnerismo la ratificación del tratado acerca del sionismo que el gobierno había firmado con Netanyahu y Trump. La lista es más larga.

Ese “programa para gobernar”, que obviamente no es el “programa máximo” del socialismo, tiene el propósito (textual) de “sacar adelante a Argentina”. Una expresión llamativa que sólo podría reivindicar Scaloni, como lo demostró la manifestación que celebró la conquista de la Copa. Fuera de esto, Argentina está dividida en clases. En estas circunstancias, si Argentina sale adelante será a expensas de una de las clases en pugna. Tenemos así al equipo de Pitrola-Solano-Ripoll-Bodart, recogiendo el slogan “Argentina primero”, la “Patria Grande” o cualquier otro subterfugio del desgastado nacionalismo criollo. Lo que emerge de aquí no es “programa para gobernar” sino una manifestación de desgobierno.

Según Solano, los trabajadores acompañan la lucha de la Izquierda, pero a la hora de votar no la votan, porque dudan de si esa izquierda “sabe cómo gobernar”. En términos muy mediocres, Solano confiesa que la izquierda que él representa no imprime sus ideas entre los trabajadores. Esto lo sabe cualquiera que observe las migas de Belliboni con Grabois o Pérsico, que reivindican en común el Potenciar Trabajo, que deposita en las organizaciones sociales la función de patronales de los trabajadores de ese ‘plan social’. Sería natural que los trabajadores interpreten el “programa para gobernar” como una difusión masiva del Potenciar Trabajo, o sea una explotación social por una remuneración de miseria. Para ser imparciales, debemos decir algo parecido de “las fábricas sin patrones” del PTS, que presenta al socialismo (‘sin patrones’) como un estadio social inferior al de las corporaciones capitalistas. La defensa política de la intermediación oficial entre el presupuesto estatal, por un lado, y la atención social de las masas sin empleo, por el otro, es un apoyo monstruoso a la estatización de las masas. La noción que el MST tiene de “saber gobernar” la demostró en sus alianzas políticas con Luis Juez y el fallecido Pino Solanas, y en el apoyo político incondicional al gobierno de Syriza en Grecia. A la hora de las alianzas electorales, el PO de Solano no le mira los dientes a nadie.

Lo que Solano y Ripoll expusieron como “programa de gobierno” es un rosario de nacionalizaciones (incluida una flota mercante “de bandera”, que no es lo mismo que la nacionalización del comercio naviero). Esta reivindicación del nacionalismo ocurre cuando las estatizaciones burguesas han fracasado en forma miserable. En lugar de una crítica socialista al programa nacionalista, Solano-Ripoll ofrecen un plato recalentado del nacionalismo, luego de una infausta competencia, por Twitter, con Milei, acerca de quién es más “libertario”.

Ya ocupando el asiento que hoy tiene Massa, Solano señala que el grupo que “sabe gobernar”, “planificaría la relación comercial con el mundo”. Solano se tomó el tiempo de precisar que “la izquierda en el poder” le vendería las materias primas “no a Monsanto” sino a quienes “ofrezcan tecnología que permita desarrollar un plan de industrialización con valor agregado”. En realidad, Argentina le compra (no le vende) semillas genéticamente modificadas a la ex Monsanto, pero un ‘programa’ de aumento del valor agregado no es otra cosa que explotación capitalista. Solano toma partido por la clase social que está en frente, y luego se queja de que los trabajadores no lo entienden ni depositan su confianza en una izquierda trucha.

El “programa de gobierno” no comprende la acción directa de las masas; no es un programa para tomar el poder sino para servirse de él. La acción directa no se limita a ganar la calle sino a hacerlo como una manifestación política autónoma. Vistas en su conjunto, las consignas grandilocuentes como “mandar al FMI a laburar” o “echar a los partidos capitalistas”, no significa, para el bloque PO-MST, más que postular una alternativa pequeñoburguesa, o sea arribista, con característica nacionalistas. Solano sabe bien que este “programa para gobernar” se coloca en el campo opuesto del Manifiesto que el Partido Obrero planteó al FIT en 2013. Se dijo, en la ceremonia de presentación del programa, que un gobierno de esta izquierda daría un “poder de policía” a las organizaciones obreras para poner en blanco a los trabajadores que no están registrados. Estamos, en este punto, ante una descomunal capitulación política ante la burocracia, que es cómplice del trabajo en negro con las patronales. Incluso cuando cuenta con la ley de su lado, a Solano-Ripoll ni se le ocurre impulsar una campaña para que los sindicatos reclamen la legalización del conjunto de los asalariados.

Ripoll intentó cambiar parcialmente de eje cuando se preguntó “qué Frente de Izquierda necesitamos”, cuando, como ahora, “hay olor (sic) a Argentinazo”. Pero no ofreció una respuesta que tampoco podía dar, dado la hostilidad del FIT-U a la huelga general y a las autoconvocatorias.

Todo este dislate programático pone de manifiesto hasta qué extremo el FIT-U se ha convertido en un “activo tóxico” para la militancia de izquierda y el activismo obrero.

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