8M: contra la guerra, la trata y el Estado cómplice

Escribe Iara Bogado

Las mujeres no somos botín de guerra ni mercancía del capital.

Tiempo de lectura: 3 minutos

La violencia sexual y obstétrica ejercida contra mujeres palestinas a lo largo de la guerra de exterminio sionista no es un “exceso” ni un daño colateral. Ha cumplido un rol político: disciplinar, aterrorizar y avanzar en la purificación demográfica del territorio. La guerra imperialista utiliza el cuerpo de las mujeres como campo de batalla.

Israel bombardea escuelas, hospitales y barrios enteros, como ocurrió esta semana, teniendo como objetivo una escuela de niñas en Irán en la que murieron 153 personas. Las potencias imperialistas avalan y financian esta masacre mientras el conflicto se expande en Medio Oriente. No se trata de hechos aislados, sino de una reorganización violenta del mapa mundial donde los cuerpos de mujeres y niñas son utilizados como herramienta de dominación. Una guerra que alcanza sobre América Latina, con el protectorado de Trump en Venezuela, sus amenazas hacia Colombia, Cuba y México.

Pero la violencia sexual no es patrimonio exclusivo de la guerra abierta. La desclasificación de los archivos de Epstein expone una red internacional de trata que involucra a presidentes, ex presidentes, ministros, empresarios y magnates tecnológicos. Trump y su entorno, Bill Clinton, el ex príncipe Andrés del Reino Unido, figuras del laborismo británico, funcionarios europeos, el ex primer ministro de Israel, empresarios como Elon Musk, Bill Gates, Richard Branson, y representantes políticos latinoamericanos aparecen vinculados en distintos niveles a un entramado de poder, dinero y explotación sexual.

La trata no es una desviación individual. Es una industria protegida por el poder político y económico mundial.

En Argentina tenemos el avance de la contrarreforma laboral, que está profundamente ligada a las demandas de este lumpenaje burgués que impulsa la guerra. La ola de ataque contra los derechos laborales es un fenómeno mundial, que tiene que ver con empujar la explotación de la fuerza de trabajo a volver al siglo pasado, eliminando todos los derechos logrados por la lucha de la clase obrera. Hoy en el centro del conflicto, como resistencia está Fate. Hay una comisión de mujeres que se han puesto al frente de la lucha comprendiendo que el triunfo de los obreros de Fate, es un triunfo que nos da una perspectiva a toda la clase obrera que implica una victoria en cuanto a la organización y desarrollo político, al derecho a la protesta de la clase obrera, que esta contrarreforma intenta arrebatarnos.

A su vez, la conexión de Mauricio Macri con Epstein y empresas vinculadas al complejo de inteligencia israelí demuestra que nuestro país no es ajeno a estas redes de corrupción y trata. Mientras tanto, con todo este sistema de espionaje, inteligencia, Justicia y represión del Estado ningún gobierno hizo justicia por Natacha Jaitt, quien denunció redes de pedofilia y apareció muerta en circunstancias que nunca fueron esclarecidas. Ni apartó, sino que fomentó a grupos clericales y provida en centros de salud buscando evitar abortos seguros. Tampoco se hizo justicia por el caso de Loan que se enterró gracias a estar involucrados como sospechosos funcionarios del gobierno. Ni por Lara, Brenda y Morena, asesinadas a manos del narcoestado en las tierras de Kicillof. Alberto en su momento dándole espacio a Georgina Orellano, una burócrata que endulza el discurso de la prostitución como “trabajo sexual” y busca regularlo para legalizar su proxenetismo.

El mismo Estado que dice “proteger” a las mujeres sostiene redes de espionaje, encubre tramas de trata y pacta con sectores clericales para obstaculizar el acceso al aborto seguro. Esta interconexión entre magnates, servicios de inteligencia, diplomacia paralela y negocios de ciberseguridad -asegurada por Epstein- no es una conspiración abstracta: es la forma concreta en que funciona el imperialismo en el siglo XXI y este poder es el mismo que impulsa la barbarie de la guerra mundial.

El mismo Estado que administra la miseria, el narcotráfico y la represión en los barrios populares. No es una falla del sistema. Es su funcionamiento. El Estado capitalista no puede terminar con los crímenes de Estado porque los lleva en sus entrañas. La violencia contra las mujeres, la explotación sexual, la precarización y la guerra forman parte de un mismo régimen social basado en la dominación y la acumulación de capital.

Este 8 de marzo no salimos solo contra un gobierno de turno. Salimos contra un régimen que nos explota en el trabajo, nos precariza en la vida cotidiana y nos convierte en botín en la guerra y en mercancía en el mercado. La lucha de las mujeres no está separada de la lucha contra el imperialismo, la guerra y el ajuste. Está en el corazón de esa pelea. Por eso este 8M llamamos a movilizar de manera independiente del Estado y de sus partidos burgueses, para unir la lucha contra la violencia de la mujer con la lucha contra el régimen capitalista que la sostiene. Frente a un régimen que convierte cuerpos, territorios y tecnologías en mercancía, la salida no es moralizar al capitalismo ni esperar que el mismo Estado que nos roba los derechos laborales logrados, que protege a estas élites las juzgue. La única fuerza capaz de desmantelar estas redes de poder es la clase obrera organizada internacionalmente.

Ni guerra imperialista.

Ni redes de trata protegidas por el poder.

Ni ajuste sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas.

Por una alternativa obrera y socialista.

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